EDITORIAL

En este podcast me has oído echar verdaderas pestes del sistema judicial y policial gringo. Pero te confieso que no soy antiamericano. Ni mucho menos. Estados Unidos tiene muchas cosas admirables. Ahí estudié la carrera de Matemáticas y cine, ahí dejé novias e hice grandes amistades. Pero simplemente ocurre que su sistema penal está tan podrido como pueda estarlo el mexicano, sólo que con más dinero y peculiaridades distintas.

No es un problema del sicario-policía Reynaldo Guevara y sus compinches. No es un problema del brutal Departamento de Policía de Chicago y su fiscalía y judicatura vampíricas. Es un problema de todo el país, de todo el sistema. Su peculiar aplicación de la common law, su forma de elegir jueces y fiscales, el racismo y clasismo institucionalizados y los abusos de una policía más propia del peor Tercer Mundo conspiran para crear y mantener una estructura kafkiana que avergonzaría a cualquier país del verdadero Primer Mundo.

Sólo así se comprende que, con la elevada autonomía de sus estados, prácticamente con una legislación distinta en cada estado más la federal, casos como el de Mario se repitan una y otra vez por toda la Unión. Ningún país del Primer Mundo tolera nada ni parecido durante tanto tiempo. Hacen reformas penales, policiales, judiciales, cambian las leyes, lo que haga falta.

Hablábamos de España en el episodio anterior; en España, pese a todo, se las ingeniaron para transformar a la policía, la fiscalía y la judicatura de la dictadura franquista en algo que, aunque lejos de perfecto, es equiparable a los demás países de la Unión Europea. La Guardia Civil, uno de los cuerpos más temidos, que Federico García Lorca hizo mundialmente famosa como epítome de la represión y la brutalidad, es ahora uno de los más respetados por los españoles. Supongo que no necesito explicarte la diferencia entre miedo y respeto. Cuando te detienen por un delito, tienes la razonable certeza de que van a respetar, al menos, tus derechos fundamentales. Lo normal es que tengas un juicio justo con todas las garantías.

Y si se equivocan, o si das con manzanas podridas, es exactamente eso: un error, un caso de manzanas podridas. No es todo un sistema conspirando contra ti. Y no tiene nada de especial: es lo esperable en cualquier país democrático desarrollado. Unos pueden tener leyes más duras y otros menos. La policía será más bestia en unos sitios y más civilizada en otros. Los fiscales pueden ser más agresivos acá y más reflexivos allá. La diferencia entre tener abogado caro o uno de oficio puede ser más marcada o irrelevante en unos u otros lugares. Hay incluso dictaduras o casi-dictaduras que son técnicamente correctas a menos que te metas en política. Ante un delito común, funcionan casi como una democracia.

En Estados Unidos, no. En Estados Unidos, todos los problemas de los que venimos hablando tienen difícil solución debido a otros dos factores. Uno de ellos es el excepcionalismo, esa idea de que su país es inherentemente distinto y superior a los demás. Cuando crees que tu país es intrínsecamente único y superior, no puedes tomar ejemplo de los demás ni aprender de soluciones ajenas. Por fuerza, no serán aplicables —puesto que tú eres distinto y único— y serán necesariamente peores o inferiores —puesto que tú eres superior—.

No importa si funcionan o no. No importa si son lógicas o no. No importa si son obvias o lo contrario. Para quienes están influenciados por el excepcionalismo, y no son pocos, la mera idea de importar y adaptar modelos de otros países es antiamericana. Esto se ve mucho, por ejemplo, en los debates sobre otro desastre estadounidense: su sistema de salud. No importa que tengan la misma esperanza de vida que Cuba, más mortalidad infantil o que la principal causa de ruina personal y familiar sean los gastos médicos. De algún modo su modelo tiene que ser mejor; esto no sorprende cuando lo dicen los beneficiados por el sistema, pero sí cuando los perjudicados siguen defendiéndolo a machamartillo. Incluso las propuestas de reforma como el Obamacare se parecen muy poco a los sistemas de países que funcionan.

Otro problema que comparten el desastre político-judicial y el de salud de los Estados Unidos es la monumental cantidad de intereses creados a su alrededor. Y el dinero que mueven. Son un poco como las guildas o los gremios de la Edad Media: funcione o no, es nuestro negocio, nuestro modo de vida, y no vas a venir tú a menear la barca. Incluso sus colegios profesionales, el proceso formativo y los exámenes para acceder a la profesión, el bar examination, se parecen más a la manera de ingresar en un gremio medieval tardío que a una prueba o examen-concurso-oposición contemporánea. Para quienes ya están dentro, es importante que las cosas sigan siendo como son.

El tercero es el simple hecho de que muchos jueces y fiscales sean cargos electos. Eso de la democracia a todos los niveles suena muy bien, pero hay cosas para las que no funciona tan bien. Normalmente no votamos por los médicos, o los ingenieros. De hecho, sería una idea bastante estúpida. Pero cuando tienes que llevar una carrera política paralela a tu carrera profesional, hay un momento en que dejas de actuar como un profesional para actuar como un político. O sea, a la cacería del voto.

Y como ya dije en este podcast, una parte significativa del electorado te prefiere medieval. Quieren historias de buenos y malos, sentencias populares y ejemplarizantes, que les limpies las calles ya no sólo de lo que es ilegal, sino de todo lo que les molesta. O sea, te quieren demagogo, populista y de los suyos. Casi obsta decir que esto te obliga a olvidarte de la justicia, y a veces incluso de la ley, para darles gusto o no vota por ti ni tu abuela. Es el paraíso de los fiscales-estrella, de los jueces-estrella, del mis sentencias son más duras que las tuyas. Mal lugar para juristas prudentes con sentido de la mesura. Ni siquiera en las zonas más liberales o progresistas: entonces es posible que tus votantes quieran populismo del contrario, o favorecer a ciertos grupos tradicionalmente desfavorecidos.

En términos generales, cuando votan por ti, te debes a tu público, no a tu profesión. Como ocurre con los políticos, puedes ser un inútil, un corrupto o directamente un hijo de puta si logras que la suficiente gente siga votando por ti. Eso no quiere decir que todos los fiscales, todos los jueces o todos los políticos sean inútiles, corruptos o hijos de puta, pero sí que el sistema favorece e incluso fomenta su existencia siempre que sean buenos demagogos. A menudo, tu institución y tus colaboradores terminan pareciéndose más a la máquina política de un partido, donde el partido eres tú, que a una oficina de oscuros funcionarios legales.

De los resultados ya hemos hablado: el mayor número de presos per cápita del mundo, casi el doble que Rusia, cuatro veces más que China y diez veces más que… ¿Dinamarca? Sí, bueno, y también que la Siria de Assad. El único país del mundo occidental donde siguen ejecutando gente. Condenas interminables, a veces la cadena perpetua, por acumulación de delitos menores, como en las three-strike laws. Incontables personas injustamente condenadas.

Y no parece que sirva de gran cosa: es uno de los países desarrollados con más criminalidad. Si hablamos de Europa, o Canadá, o sitios así, me entra la risa. En Texas, con sus conocidas leyes durísimas, hay casi tantos asesinatos como en Francia y Alemania juntas pese a tener apenas una quinta parte de su población. En toda España matan a menos gente que en Alabama, con un décimo de su población. Y así en todas partes.

Hablamos siempre de homicidios intencionales porque es el delito grave mejor contabilizado. Las definiciones no varían mucho entre países, todo el mundo reconoce uno cuando lo ve pese a las diferencias culturales y en cualquier país mínimamente funcional deja un rastro de papel y una marca en las estadísticas. Con otros delitos como las violaciones, por ejemplo, depende enormemente del país y la cultura. En las naciones de mentalidad moderna, las mujeres normalmente denuncian las violaciones igual o parecido que cualquier otro delito. En otros, denunciar que te han violado puede ser peor que la propia violación. Por ejemplo, con los datos en la mano Suecia supuestamente sufre más violaciones que Tailandia, que —además de todo lo demás— tiene 7 veces más población. ¿Tú te lo crees? No, yo tampoco. Por el contrario, con los asesinatos u homicidios intencionales en tiempos de paz la cosa siempre está más clara.

En suma: el sistema penal estadounidense no sólo es injusto, disfuncional e innecesariamente duro. Además —o justamente por eso— no funciona.

La facultad de Derecho de la Universidad de Michigan lleva la cuenta de las exoneraciones en Estados Unidos. Esto es: no de casos como el de Mario, o muchos otros que han visto sus condenas rebajadas, conmutadas o disimuladamente modificadas, sino sólo de las personas que han sido declaradas legalmente inocentes y liberadas por esa razón. Como ya te dije, esto suele ser notoriamente difícil de conseguir y a menudo sólo es posible después de que una nueva prueba, como los avances en tecnología de ADN, destruya por completo el cuento con que los condenaron.

Desde 1989 hasta aquí, suman 2,616. De estas, 125 fueron condenas a muerte. 645, a cadena perpetua. En algunos casos casi da igual, porque las víctimas del sistema penal pasaron tantas décadas presas que toda su vida puede considerarse arruinada; salieron a edad avanzada, a morir libres. Llama la atención el caso de Richard Phillips, un afro-americano de 25 años detenido en Michigan en 1972 por matar a otro chavo. Le cayó la cadena perpetua. Salió libre e inocente en 2018, a los 71 años, cuando se demostró que el testigo que usaron para condenarlo tuvo que mentir necesariamente. Fueron 45 años y 2 meses de tinieblas.