Episodio 6

Fuck the polis

MARIO

Y Guevara, de malicia, me dice: “Mario: si no firmas este documento, esta confesión, a tus hermanas las voy a mandar a la cárcel y sabes, Mario, muy bien lo que los negritos le van a hacer a tus hermanas en la cárcel.”

Prometimos que hablaríamos del policía Reynaldo Guevara, ese que le endosó a Mario Flores un asesinato que no había cometido. A él y a decenas más. Sí, ese policía que se ha acogido ya más de mil veces a la Quinta Enmienda para no declarar contra sí mismo.

GUEVARA

On the advice of my attorney, I assert my Fifth Amendment rights.

Reynaldo Guevara, ese detective del corrupto y brutal Cuerpo de Policía de Chicago, que la ciudad de Chicago sigue protegiendo con más de 213 millones de dólares en abogados de lujo. De esos 213 millones,. 5.8 corresponden a Reynaldo Guevara, ese detective al que sigue defendiendo la actual fiscal jefe Kim Fox y la anterior, Anita Álvarez. A pesar de que ya han tenido que exonerar a quince de sus condenados y pagarles indemnizaciones millonarias. A pesar de los crímenes que quedaron sin resolver porque se condenó a los inocentes que Reynaldo Guevara y sus compinches en la policía y la fiscalía decidieron.

Queda claro, pues, que este no es un caso de manzanas podridas sino de un sistema podrido. Que Guevara no es el gran malo de esta película, sino un perro de presa al servicio del poder. Uno de muchos. Pero ¿de dónde sale un perro de presa tan rabioso como Reynaldo Guevara?

CREDITOS DE INICIO

Hay curiosos parecidos entre las biografías de Reynaldo Fontánez Guevara y Mario Flores Urbán. Los dos nacieron lejos de Chicago, en lugares donde se habla español: Mario en la Ciudad de México y Guevara cerca de Río Piedras, Puerto Rico, el 15 de enero de 1944; la diferencia es que Puerto Rico es un territorio de los Estados Unidos y esto convirtió a Guevara en ciudadano nativo de los Estados Unidos. Ambos vienen de orígenes humildes y familias numerosas cuyos hijos quisieron ir a más: los padres de Guevara fueron un encargado de obras en general y una ama de casa. Ambos se mudaron a Chicago de niños con sus familias: Mario tenía 7 años y Guevara, 8, con dos décadas de diferencia.

Ambos acabaron en el área de Humboldt Park, entonces un barrio bravo de negros e hispanos: tanto Mario como Guevara eran “hijos del barrio.” Del mismo barrio, aunque no se conocieran hasta que sus caminos se cruzaron en la comisaría de Humboldt Park.

Más similitudes: tanto a Mario como a Guevara les gustaba el deporte, si bien Mario era de deportes pacíficos como la natación y los clavados mientras que al futuro detective Guevara le gustaba más el boxeo. Y a los dos les gustaba pisarle al acelerador: ya conocemos la afición de Mario por los coches potentes, propios o ajenos; veinte años antes, Guevara acumulaba multas por exceso de velocidad y otras infracciones de tránsito. Eso sí, manejaba peor que Mario: provocó dos accidentes en 1962 y 1973. Aparentemente no hubo víctimas, pero iba sin seguro y le tocó pagar los daños de su bolsillo: 1,400 dólares en total, que en aquellos tiempos eran bastante dinero. Incluso le retiraron la licencia en 1970 y sólo la recuperó un año y medio después.

El policía Guevara también fue peor estudiante que Mario: nunca acabó la educación obligatoria y, de hecho, en la adolescencia dejó de ir a la escuela. Tanto se iba de pinta que a los quince años lo mandaron a una escuela para chicos problemáticos, la Chicago Parental School. Nunca se presentó. En vez de eso, tuvo un primer trabajillo y dejó buena impresión, pero luego se regresó una temporada a Puerto Rico, donde tampoco acabó los estudios. A los 17 años ingresó en la Fuerza Aérea como basic airman, o sea soldado raso.  Lo destinaron a la Base Aérea Lackland, junto a San Antonio (Texas), donde aún hoy en día dan la formación militar básica a los recién alistados.

No duró mucho, poco más de un mes, porque le encontraron un problema en la vista: coriorretinitis progresiva del ojo derecho. Mala cosa para hacer carrera en la aviación. Así que le dieron las gracias y la cartilla militar. Guevara regresó a Chicago, se casó con una chica llamada Gloria y empezó a tener hijos.

Esa es una diferencia con Mario: Reynaldo F. Guevara ha sido toda su vida un mujeriego y lo que podríamos denominar un padre compulsivo: llegó a tener quince hijos e hijas, con dos esposas y varias mujeres más. A los 32 años ya tenía cinco mientras trabajaba como mecánico de máquinas expendedoras en una empresa embotelladora de 7-Up, con un sueldo de menos de 1,000 dólares al mes. No estaba mal para la época, pero cinco hijos son muchos hijos y buscaba algo mejor.

Entonces ocurrió algo que cambió su vida radicalmente: varios tribunales ordenaron que la Policía de Chicago diversificara su fuerza con más minorías. Aunque Chicago fue de las primeras ciudades en tener policías negros, desde al menos 1872, seguía siendo una policía eminentemente blanca y muy, muy, muy racista, además de haber acumulado ya una notoria fama de brutalidad extrema (por ejemplo, durante la famosa represión de las protestas contra la Guerra del Vietnam durante la Convención Nacional Demócrata de 1968, que una comisión oficial llegó a considerar “disturbios policiales.”)

En 1971 Guevara había aprobado un examen inicial para formar parte del servicio civil. En 1974, solicitó ingresar en la policía durante este esfuerzo obligado para integrar a más minorías en el cuerpo. Y el 8 de marzo de 1976, el mecánico de máquinas expendedoras Reynaldo Fontánez Guevara se convirtió en el agente del Cuerpo de Policía de Chicago Reynaldo F. Guevara.

Pronto comenzó a acumular éxitos notables, incluso sorprendentes, en la lucha contra el crimen. Y también mujeres e hijos. Tan bien se le daba lo de ser policía, o quizá alguna cosa más, que pocos años después lo ascendieron a detective sin pasar primero un examen supuestamente obligatorio. Y eso que había adquirido fama de maltratador familiar, iracundo, violento y buscapleitos en los bares.

Este fue el Reynaldo Guevara que Mario Flores y sus hermanas se toparon en noviembre de 1984.

No fueron los primeros. Para entonces el Departamento de Policía de Chicago y los fiscales y jueces del condado de Cook, o sea Chicago, ya habían “resuelto” una bonita lista de casos cuyos presuntos culpables han sido posteriormente exonerados.  Por ejemplo, el de otro hispano: Rolando Cruz. Rolando Cruz era un compañero de Mario en el corredor de la muerte, condenado por un crimen particularmente atroz: el rapto y asesinato de Jeanine Nicarico, una niña de diez años de edad.

Jeanine no fue a la escuela el viernes 25 de febrero de 1983 porque tenía gripa. Sus papás tenían que trabajar y se quedó sola en su casa de Naperville, cerca de Chicago. Alguien asaltó la casa, robó, se llevó a Jeanine y la dejó brutalmente violada y asesinada entre los matorrales de una zona cercana. Encontraron el cuerpo dos días después. Para resolver el caso, la policía únicamente contaba con la huella de una bota ante la entrada de su casa.

Ofrecieron una recompensa de diez mil dólares por cualquier pista que condujera a etcétera. Y como siempre que hay dinero en el aire, hay gente codiciosa, estúpida o simplemente necesitada que lo quiere. Este fue el crimen de Rolando Cruz, un pandillero y pequeño delincuente habitual. Se inventó una historia y la contó para cobrar la recompensa. La policía estaba bajo una presión enorme para resolver el caso de Jeanine, una niña rubia, raptada de un “barrio bien”, la peor pesadilla de todos los padres y especialmente de los padres que aspiran a más, incluyendo más seguridad.

De nuevo, ya te supones lo que ocurrió: hacía falta un culpable, cualquier culpable, lo de siempre, y la fiscalía le dio la vuelta al asunto. Acabaron acusando a Rolando y otro chavo de raptar, violar y asesinar a Jeanine. Los juzgaron, los condenaron y los sentenciaron a muerte. Imagínate cómo sería la cosa que, por una vez, el detective jefe a cargo del caso renunció a modo de protesta. Aún así, Rolando Cruz acabó en el corredor de la muerte de Illinois con Mario.

¿Que quién mató en realidad a Jeanine Nicarico? Pues como siempre que condenan a inocentes, así quedó la cosa durante muchos años. Al final un tal Brian Dugan, condenado a perpetua por la violación y asesinato de otra niña —esta de ocho años— en 1985 y de una mujer de 27 en 1984 aceptó declararse culpable porque el ADN lo incriminaba… en 2009, un cuarto de siglo y pico después.

Atención al detalle: Dugan violó y mató a Jeanine en 1983, a la joven en 1984 y a la otra niña en 1985. Esa otra niña y esa joven sufrieron y murieron no sólo por culpa de Brian Dugan, sino también por culpa de la fiscalía y la judicatura de Illinois, que se emperraron en ejecutar a inocentes una vez más mientras el autor seguía libre. Y si en el último caso no hubiera cometido la idiotez de intentar llevarse a dos niñas con sus bicis a la vez, lo que permitió escapar a una, sabe Dios cuántas más habrían caído. Puede que se le estuviera yendo la cabeza, porque el mes anterior intentó violar o violó a otras tres chavas de modo bastante temerario. Nada que ver con la sombra inquietante y sutil que desapareció a Jeanine veintidós meses antes. Igual sólo se envalentonó, viendo que no lo atrapaban.

Rolando Cruz pasó una década en el corredor de la muerte por querer diez mil dólares y Mario, ahora abogado amateur, fue decisivo para que lo liberaran al fin. Y es que Mario no se había limitado a languidecer en la cárcel. Se había convertido en un preso problemático, pero por motivos poco comunes: hizo un diplomado de Derecho no sólo para defenderse a sí mismo, sino también a los demás condenados del corredor de la muerte.

¿Cómo fue capaz? Yo no me atrevería a siquiera tratar de narrarles lo que imagino sería pasar ni un minuto en un corredor de la muerte. Y tampoco creo que Mario debería contárnoslo, porque no le haría justicia. Resumir 20 años de cautiverio en 2, 3, 15 minutos de audio sería como cometer otro crimen. Para eso, Mario da conferencias sobre su experiencia.

[MARIO:]

Era un verdadero infierno. Estaba rodeado de hombres sin futuro, sin esperanza, llenos de resentimiento y ganas de vengarse contra todo aquel que conspiró para ponerlo ahí. Hombres desilusionados con la vida, llenos de mentira y amargura, malévolos, fuertes y arrogantes por la comisión de sus crímenes —psicópatas. Hombres con corazones tan endurecidos que ni el propio tiempo ni ese lugar infernal logrará ablandar. Hombres peligrosos. Muy peligrosos.

Cuando estás dentro de un calabozo profundo, solo, sin salida, sin esperanza, sin posibilidades de ser rescatado, y conservas las facultades para discernir entre lo correcto y lo incorrecto; cuando todo a tu alrededor es violencia, vicios y maldad, pero todavía puedes diferenciar entre lo bueno y lo malo; cuando el daño que has sufrido ya no puede ser sanado o reparado, y todavía te quedan ganas para luchar contra el mal, diciéndole: “¡Basta ya! ¡Hasta aquí llegaste! ¡Ni un paso más en mi vida!” … entonces, tendrás que preguntarte: “¿De dónde proviene esa consciencia que te ayudó a distinguir entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto?” “¿De dónde, esa fuerza que te permitió seguir adelante, que te iluminó la mente con ideas y creencias positivas?”

Así pues, Mario estudió Derecho y ayudó a liberar / exonerar a 13 compañeros del corredor de la muerte. Entre ellos, Rolando Cruz, el que no raptó, violó ni asesinó a la niña Jeanine Nicarico pero que fue condenado de todas maneras. ¿Qué más da? Cuando se vio libre, Rolando, agradecido, decidió armar la mundial con el caso de Mario. Se puso a disposición de su familia y, a sugerencia del cónsul mexicano en Chicago, Leonardo French Iduarte, viajó a México para entrevistarse con políticos importantes como el jefe del gobierno del D.F. Cuauhtémoc Cárdenas, la secretaria de Relaciones Exteriores Rosario Green o la primera presidenta de la Comisión de Derechos Humanos, Mireille Roccatti. Sobre todo, hizo ruido, mucho ruido, tanto como le fue posible, apoyándose en su fama como inocente exonerado.

Tanto ruido hizo que se le oyó al otro lado del Atlántico. El movimiento que puso en marcha Rolando Cruz llamó la atención de un español, malagueño por más señas: Francisco de Paula, un constante luchador contra la pena de muerte. En ese momento España peleaba para que los Estados Unidos liberaran a uno de sus ciudadanos, el asturiano Joaquín José Martínez. Desde el rey hasta el Papa presionaron para que Martínez tuviera un nuevo juicio, en el que le declararon inocente. Y en esa lucha se destacó este Francisco de Paula, removiendo cielo con tierra sin parar. En 2017 lograron levantar 1.3 millones de dólares en donaciones para contratar a un súper-abogado en Miami para que defendiera a Pablo Ibar, de ascendencia vasca, condenado por un triple asesinato en 1994 y condenado a qué más? A muerte en el año 2000.

Francisco de Paula es un tipo singular. Cualquiera diría que sigue el ejemplo de un tocayo muy anterior: el clérigo peruano Francisco de Paula González Vigil, que vivió en el siglo XIX. Vigil se pasó la vida peleando por la democracia, la educación popular y de la mujer, la libertad de cultos, el derecho al divorcio y contra la pena de muerte. Sus textos entraron en el infame Índice de Libros Prohibidos y, por muy clérigo que fuera, lo excomulgaron tres veces hasta el punto de que cuando murió, ninguna iglesia quiso enterrarlo en sagrado. Su Opúsculo a la Juventud Americana sobre la Pena de Muerte debería ser lectura obligatoria.

El moderno Francisco de Paula no es peruano ni clérigo, sino un andaluz peleón sin pelos en la lengua. Si hay que recorrerse toda España y parte del extranjero para levantar conciencias, se la recorre. Si hay que escribir miles de cartas, las escribe. Si hay que llenar la prensa de artículos y cartas al director, la llena. Si hay que echarle bronca al Excelentísimo Ayuntamiento de su ciudad desde la tribuna de oradores, se la echa. Y cuando el revuelo montado por Rolando Cruz por las injusticias cometidas contra Mario llegó a sus oídos, la montó igualmente.

Mario quedó sorprendido al recibir la carta de ese desconocido desde el otro lado del Atlántico. Pero la contestó, pidiéndole “sálveme a mí también.” Resultó que, además de estudiar Derecho, Mario se había aficionado a la pintura en el corredor de la muerte y se le da bien. Muy bien. Ni corto ni perezoso, Francisco de Paula le pidió que le enviara sus lienzos a España para organizar una exposición y llamar así la atención sobre su caso. Hasta los padres de Mario desconfiaron: ¿quién era ese extranjero desconocido que le pedía sus cuadros, quizá la única herencia que iba a dejar, su única huella tangible de su paso por esta tierra?

Pero Mario les contestó que no tenía nada que perder. Confió y se los envió. Francisco de Paula no montó una exposición. Montó quince, por toda España, a lo largo de dos años y medio. Asociaciones de pintores, galerías de arte, escuelas, ayuntamientos, universidades… cualquier lugar era bueno si servía para dar a conocer lo de Mario Flores. Y sirvió. Francisco de Paula también creó una asociación llamada “Vida y Libertad – Salvad a Mario Flores”, la misma que ahora sigue peleando por Pablo Ibar.

MARIO

Busqué la manera de reducir mi sufrimiento y lo malo que sucedía a mi alrededor. Me enfoqué en hacer de ese infierno un lugar amigable en vez de amargarme por lo que ya no tenía ni volvería a tener: la vida y la libertad. No quise ser más una víctima de las circunstancias. Comencé a cuidarme como si estuviera cuidando a un niño que quería mucho.

Esto es muy importante: cuando nos caen encima fuerzas incomparablemente más poderosas que nosotros, sólo somos niños un poco más peludos. Enfrentados al huracán no somos mucho más grandes ni mucho más fuertes. Puede que menos sí: nunca dejará de admirarme la resistencia, la asombrosa resiliencia de los niños y las niñas. Pero no es infinita. Hay que cuidarlos. Hay que cuidarnos. Cuando el huracán no cesa, siempre es buena idea cuidarte como cuidarías a un niño amado, a una niña amada porque ante semejantes fuerzas no somos más que ellos y a veces ni les llegamos a la suela de los zapatos.

Y como te digo, quise creer, quizá [con/no] la fe de los niños. La fe no es una transacción comercial con la que podemos negociar con el Infinito. La fe es una serie de creencias, sustentadas con obras buenas, que pueden ayudarte a encontrar tu camino. O, como mínimo, a mantener viva la esperanza.

Hay que tener en cuenta que la relación entre España y Estados Unidos es compleja, por decirlo de algún modo, y lo ha sido durante más de un siglo. De cara a la galería, es casi perfecta salvo por algún pequeño desacuerdo puntual: son sólidos aliados dentro de la OTAN, con tres importantes bases aeronavales gringas en la península; generalmente los gobiernos españoles son, digamos, receptivos a las directrices de Washington; importantes empresas, incluidos grandes grupos de comunicación, están participadas por capital estadounidense; y en general a la gente le encanta el cine de Hollywood y la música americana. La adolescencia adora el McDonald’s y el Burger King. Todo muy guay, como dicen por allá.

Como suele ocurrir, la izquierda española tiene una opinión muy pobre sobre Estados Unidos. Desde que Eisenhower legitimó al dictador Franco en 1953 hasta las intervenciones en Latinoamérica o las guerras del siglo XXI, el lado zurdo de España tiene muy pocos motivos para amar al país de los grandes y los libres y mucha artillería para denostarlo.

Pero, a diferencia de otros países, el lado diestro tampoco es necesariamente un seguidor acérrimo de las barras, las estrellas y la tarta de manzana. Desde que Estados Unidos les arrebató los últimos territorios americanos con una guerra de agresión en 1898, pasando por ciertas influencias liberalizadoras y las sempiternas sospechas sobre otros sucesos como el atentado mortal contra el presunto sucesor de Franco, el almirante Carrero Blanco, partes importantes de la derecha española son —pongámoslo así— escépticas… cuando tienen el día bueno. Unos por otros, la cultura gringa gusta tanto a los españoles como a cualquiera, pero el país, o el paisanaje, no tanto.

Cuando Francisco de Paula puso lo de Mario Flores en el debate público español, la situación era más controvertida aún. En Madrid gobernaba José María Aznar, conocido por su extremo alineamiento con los Estados Unidos. Y, tras los atentados del 11-S, el gobierno de Bush deseaba contar con España para la guerra contra Iraq.

Pero los españoles, zurdos o diestros, no lo tenían nada claro. No veían de qué modo Iraq le había causado algún mal a Estados Unidos, si los autores de los atentados eran sobre todo sauditas con apoyo afgano. Dudaban de la propaganda sobre Saddam Hussein; no veían en qué Saddam era distinto de otros dictadores que han contado y cuentan con fuerte apoyo gringo. Casi todos temían las consecuencias de agredir sin motivos a un país árabe, viviendo como viven a 14 kilómetros de Marruecos, conviviendo con medio millón de inmigrantes musulmanes.

Eso sin contar que los españoles modernos, así en general, son bastante pacifistas. El antiguo pueblo de guerreros y conquistadores, tan aficionado a matarse entre sí y a otros durante siglos, parece haber decidido que la paz es el camino.

Todo esto ayudó a Mario. Por un lado, con las exposiciones organizadas por Francisco de Paula en marcha, mucha gente se sumó ya no sólo por sentido de la justicia, sino como otra forma más de plantar cara a Estados Unidos. Por otro, tanto el gobierno estadounidense como el español necesitaban urgentemente detalles que mejoraran la imagen gringa, maneras de endulzar la píldora de Iraq.

 Decenas de miles de cartas pidiendo su libertad llegaban a la Casa Blanca y al gobernador de Illinois con estampillas españolas. Mientras, este último ya había declarado la moratoria sobre las ejecuciones y estaba a punto de conmutar las penas de muerte en el estado o liberar a los obviamente inocentes.

Y aquí entra el tercer personaje singular en la rocambolesca liberación de Mario. Al final la salvación le llegó del lugar menos probable: un político corrupto al que le quedaba conciencia y dignidad. Aunque no tengo aún claro si el corrupto era él o lo eran algunos de sus subordinados y se la cobraron tras liberar a Mario y otros muchos como Mario, lo que tocó un buen número de pelotas policiales, fiscales y judiciales. Sea como sea, Illinois no es exactamente Noruega. Ya te conté que varios gobernadores y muchos otros cargos públicos de Illinois han acabado en prisión, más los que no han acabado.

Se llama George Ryan y fue el gobernador de Illinois, donde está Chicago, desde 1999 hasta enero de 2003. Era un antiguo farmacéutico del Partido Republicano, aunque muchos lo consideraban un RINO: Republican in Name Only. Un republicano sólo en nombre. No puedes ser muy conservador para ganar en un estado que normalmente vota demócrata, como Illinois. Hasta fue el primer gobernador gringo que visitó a Fidel Castro estando en el cargo.

 Durante su cuatrienio, Ryan fue albergando cada vez más dudas sobre la pena de muerte. Bueno, no tanto sobre la pena de muerte como sobre la falta de garantías a la hora de aplicarla. Por aquel entonces, el estado de Illinois ya se estaba viendo obligado a liberar a numerosos prisioneros condenados a muerte después de que se demostrara su inocencia. Y, por cierto, a pagarles indemnizaciones multimillonarias en algunos casos. Parece ser que influyeron decisivamente las confesiones obtenidas bajo tortura por otro policía aún más bestial que Reynaldo Guevara: Jon Burge, un veterano de la guerra de Vietnam que no habría desentonado en la Gestapo. Seguramente le habría encantado pertenecer a la Gestapo. En 2010, Jon Burge fue acusado de torturar a más de 200 sospechosos (entre comillas) entre 1972 y 1991, para extraerles confesiones. Purgó una condena de sólo 4 años y medio en una prisión federal.

En el año 2000, el gobernador Ryan declaró una moratoria sobre las ejecuciones en Illinois mientras reevaluaban todos los casos, y no eran pocos. Tan mal estaba la cosa que, poco antes de dejar el poder, acabó conmutando todas las condenas a muerte del estado por cadenas perpetuas, excepto cinco. De esos cinco, a cuatro los perdonó directamente. El quinto era Mario Flores.

Con Mario Flores hicieron una cosa rara: le ofrecieron declararse culpable a cambio de conmutarle la condena a time served, los 20 años que ya había pasado en prisión. Como consecuencia, y en virtud de la PATRIOT Act aprobada tras los atentados del 11-S, sería expulsado de los Estados Unidos para siempre. Nunca ha quedado claro por qué Mario fue el único al que ofrecieron un trato: tú te declaras culpable, nosotros aceptamos que cumplas el tiempo que ya has cumplido y te soltamos. Eso sí, bajo amenaza de expulsión a perpetuidad en virtud de la PATRIOT Act. Pero en esos momentos Mario no creía que lo expulsaran, o al menos no sin una pelea legal.

Mario tampoco quería aceptar el trato. Tras ayudar a trece inocentes, él también quería salir libre como un hombre inocente, no bajo la permanente sospecha del “qué harías…” Diecinueve años en celdas de dos metros por metro y medio no habían logrado quebrarlo. Pero su familia le pidió que aceptara porque ya no podían más. Sus padres, en particular, le habían dedicado los últimos veinte años de su vida. Gastaron grandes cantidades de dinero que a duras penas podían pagar. Apenas pasó un fin de semana sin que lo visitaran en lejanas prisiones, saliendo de casa de madrugada y volviendo de madrugada, hiciera frío gélido o aplastante calor. E iban siendo mayores de edad.

Le suplicaron que tirara la toalla. Poco antes tenía fecha de ejecución en firme. Ahora el mundo conspiraba a su favor desde ambos lados del Atlántico. Quizá nunca volviera a tener una oportunidad así.

Mario reflexionó y aceptó.

[MARIO]

A veces me preguntan qué lecciones aprendí de mis 20 años en el corredor de la muerte. Muchos me preguntan cómo le hice para superar el miedo, las traiciones y la desesperación. Otros esperan escuchar una cátedra sobre una gran lección de vida.

Bien, debo decirles algo: no descubrí grandes lecciones de vida. Tampoco detecté reglas generales para todos. Cada persona es un mundo. Pero hay algo que todos compartimos: todos somos muy frágiles, muy débiles cuando arrecia la tempestad. Ante un fuerte temporal, o tenemos un buen barco que nos saque de ahí o no hay mucho que podamos hacer salvo convertirnos en una bolita pequeñita, diminuta, fluir con el oleaje y cubrirnos con el paraguas que podamos encontrar hasta que despeje… si despeja. Eso si encontramos algún paraguas.

Yo no tenía barco para escapar de la tempestad. Pero encontré un paraguas. O dos. En mi caso, y eso no quiere decir que vaya a servirte a ti, esos paraguas fueron mi familia y mis creencias.

 

Mario Flores Urbán salió del corredor de la muerte del estado de Illinois el 12 de agosto de 2004. Pero no en libertad. Inmediatamente la INS, [o sea la Inmigration and Naturalization Service, lo que se conoce como ICE hoy en día,] lo trasladó a otra prisión porque la PATRIOT Act lo había convertido en un inmigrante ilegal, al haber sido condenado por un delito grave. ¿Con efectos retroactivos?

Sí, qué más da, aunque Mario era residente legal americano y la PATRIOT Act fue aplicada Ex post facto, es decir, retroactivamente. Pero ya hemos visto que Estados Unidos es un país demasiado grande e importante como para preocuparse por detallitos como los principios fundamentales del Derecho o la civilización occidental en general.

Ya sin la pena de muerte flotando sobre su cabeza, Mario permaneció casi un mes en esa otra prisión, una federal privada en el estado de Wisconsin, mientras se esclarecía ese asunto con la migra. Sólo que ese asunto podría tardar 3 añitos en esclarecerse. Así que finalmente sucumbió, ansiaba verse como hombre libre y aceptó ser deportado.  Entonces lo subieron a un avión de la infame Con Air, el remedo de aerolínea que Estados Unidos mantiene para transportar a sus millones de presos, con la excusa de trasladarlo de cárcel.

El avión hizo escala en El Paso, Texas. Los guardias lo hicieron desembarcar. Lo llevaron a un cuarto, después a otro. De pronto, los policías a su alrededor hablaban español. En sus uniformes, una bandera tricolor, pero no blanca, rojo sangre y azul, sino verde, blanca y roja, con un águila sobre un nopal. Mario estaba atónito. Cruzó con ellos y sesenta inmigrantes ilegales el puente sobre el río Bravo hasta Ciudad Juárez. Ciudad Juárez, Chihuahua. Ciudad Juárez, México. A pie de puente lo esperaban sus padres, sonrientes. Tenían boletos de avión para el Distrito Federal, como se le llamaba entonces. Aturdido, Mario se dejó llevar. Era el 4 de septiembre de 2004. Era la primera vez que veía la calle en 19 años, 9 meses y 24 días. 7,237 días. Era un hombre libre. Un mexicano libre en México.

Ahora quisiera decirte que la odisea de Mario acabó ahí, pero no. A ojos de Estados Unidos, por haber firmado aquel arreglo, Mario Flores es un hombre libre, pero sigue siendo un hombre culpable. Por ejemplo, está permanentemente expulsado. No puede regresar a las calles donde creció desde que tenía ocho años. Se vio en un país que a duras penas recordaba, que ya le era ajeno.

Tuvo que aprender a vivir otra vez como mexicano y tú y yo sabemos que eso no es exactamente fácil. Encerrado desde la adolescencia, tuvo que aprender a vivir en libertad y eso es aún más difícil. Al final, la vida de aquel niño rebelde quedó destruida por un crimen que no cometió. Simplemente no lo mataron; tuvo que crearse una vida nueva en otro lugar. No hubo justicia para Mario Flores. Hubo un arreglo, un apaño, nada más.

La mayoría de los involucrados en la vida de Mario Flores desde aquel día fatídico del 11 de noviembre de 1984 pudieron hacer las cosas bien y no lo hicieron. El 11 de enero de 2003, el gobernador George Ryan dijo en un discurso en Northwestern University College of Law: “Mientras me preparo para dejar la gubernatura, me tengo que preguntar si puedo vivir con la idea de saber que tuve la oportunidad de actuar, pero no actué por miedo a ser criticado. ¿Podría tomar la oportunidad de reformar nuestro sistema de pena capital? ¿De que ya no ocurran condenas injustas? ¿Que estudiantes de periodismo liberen más personas de los corredores de la muerte? Que el sistema sea tan frágil que tenga que depender de estudiantes jóvenes de periodismo, es un sistema que tiene fallas serias”. George Ryan hizo lo correcto y pudo concluir su discurso diciendo: “Dormiré bien sabiendo que tomé la decisión correcta”.

¿Cuántos podemos decir lo mismo?

[MARIO:]

Seas creyente o no, al final merece la pena quedarse con lo que dé sentido y luz a nuestras vidas y a nuestro sufrimiento. El mal está ahí, pero somos más los buenos que los malos. La felicidad es efímera y no podemos evitar el dolor; es tontería añadirles innecesariamente más dolor y desesperación a nuestras vidas.

Si tuviera que elegir una gran lección de vida sería no olvidar que, desde el día que nacemos, estamos todos condenados a muerte. Y, por ende, tienes dos opciones: o te dedicas a vivir de lleno la vida o a prepararte para morir. Tú verás si permites que tu tiempo sea una pesadilla sin sentido por mucho que el mal y las tinieblas se empeñen en envolverte, por muy bravo que venga el huracán. Nada puede parar al huracán, pero tampoco nada puede pararte a ti dentro de tu cabeza y de tu corazón. Nada puede impedir que busquemos el bien, lo justo y lo bello a pesar de todo. Puedes hacerlo por bondad o por puro egoísmo, porque el bien, lo justo y lo bello siempre acaban iluminando la obscuridad, tu obscuridad. Incluso aunque llegue la noche y la tempestad. Especialmente cuando llega la noche y la tempestad.

FIN.