Episodio 5

Una vida más, una vida menos

 

Cuando te condenan a muerte en Estados Unidos, como a Mario Flores, tienes derecho automático a todos los mecanismos de apelación posibles. El propósito de esto, según ellos, es que ejecutar a un inocente resulte muy improbable. Y es una de las razones por las que la pena capital sale tan cara al contribuyente: hasta dieciocho veces más que mantener a un preso en cadena perpetua durante el resto de sus días. Hay una forma mucho más sencilla y barata: no condenar a nadie a muerte. Pero bueno, tú ya sabes.

Uno de los primeros pasos en ese largo proceso de apelaciones es el llamado post-conviction el juicio posterior a la sentencia. Esto no es exactamente una apelación, porque no entra en considerar otra vez si cometiste el delito o no. Es más bien un recurso para asegurarse de que no se violó tu derecho a la tutela judicial efectiva. O sea, si tuviste un juicio justo con todas las garantías necesarias para tu defensa y esas cosas.

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Si recuerdas, el abogado de Mario, Michael Johnson, dejó pasar todas las oportunidades eficaces para defenderlo. No llamó, ni intentó localizar, a los implicados en el accidente de tráfico que vieron por última vez con vida al asesinado Gilbert Pérez. No llamó a declarar a la familia de Mario ni a otra familia con la que pasó la noche de Año Nuevo en que mataron a Pérez. No llamó a los hijos de un capitán de la policía de Chicago con quien Mario estuvo mientras supuestamente intentaba asesinar a otro tipo en un barrio distinto, lo que sirvió para condenarlo a muerte. No exigió pruebas materiales que vincularan sin duda a Mario con el asesinato. Ni siquiera llamó a Mario al estrado para que contara su versión de los hechos. Y encima este Michael Johnson era también el defensor de otro acusado, Sammy Ramos, que pactó con la Fiscalía para incriminarle, aunque al final se medio echara para atrás.

En general, el abogado Michael Johnson no hizo cosas de abogados. Así pues, todo estaba cantado para demostrar que el juicio contra Mario fue una farsa revestida de legalidad. Que le faltó una defensa ya no efectiva, sino una defensa, punto. Y, como te digo, de eso va exactamente el post-conviction. Para este nuevo juicio, Mario se había armado con un abogado mucho mejor: un veterano penalista con más conchas que los galápagos y más espolones que un gallo de pelea llamado Julius Echeles.

Julius Echeles era una especie de leyenda en el universo judicial del estado de Illinois. Un tipo exuberante, controvertido, peleón, brutalmente efectivo, hijo de un herrero del West Side de Chicago que llegó a abogado de élite a zarpazos. Malhablado como un marinero y al mismo tiempo amante de recitar poesía, lo mismo defendía a los capos de la mafia que a oscuros dealers de barrio. Él mismo pasó dos veces por la cárcel, nueve meses en total: una por perjurio y otra por una corruptela de su hermano. Una vez resumió así su filosofía de la vida, o de la muerte, que dice más: “Si me muero, no cuando me muera, quiero que sea en una mesa de dados de Las Vegas cogiéndome a una mujer hermosa mientras arguyo ante un jurado.” A los periodistas les encantaba. Lo consideraban un abogado de los de antes. Yo estoy convencido que varias películas de Hollywood y series de TV basadas en abogados se inspiraron en él. Sólo al leer la transcripción del post-conviction de Mario, e imaginarlo en vivo, emociona hasta las entrañas. Es como leer un comic de los de antes, de Marvel o de DC, Batman destrozando al Joker. Y verán por qué.

¿Recuerdan el caso Rosero? ¿Pues la fiscalía nunca desistió del caso y se estaban preparando para ese juicio contra quien más? Mario. Querían clavarle el último clavo al ataúd para irse a celebrar. Sólo que, pequeño detalle, Echeles decide defender a Mario para ese juicio. Echeles con más colmillos que un Cerbero, decide atacar de frente como si fuera Julio Cesar. Y a diferencia de la estrategia del excelentísimo generalísimo Santa Anna alias Michael Johnson, ahora EXIGE a la fiscalía llevar a juicio el caso de Luis Rosero lo antes posible. Comprueba que efectivamente, Mario sí estaba en casa del capitán de la policía de Chicago la noche que tirotearon a Rosero y por ende su coartada era sólida. Pero eso era pecata minuta porque el as bajo su manga es que va al mismo tiempo demostrar que la fiscalía utilizó cual peón de ajedrez el testimonio de Rosero, para justamente condenar a muerte a Mario. Y es entonces que mágicamente, la fiscalía decide retirar los cargos contra Mario Flores, y el juez Bailey … está de acuerdo. Ya me imagino la cara de Luis Rosero cuando se enteró.

Acto seguido, exige ahora empezar un post-conviction hearing porque se va a ir como pitbull sobre … Michael Johnson para demostrarle a otro juez que Mario Flores no había recibido una defensa justa y que merecía un nuevo juicio, o como mínimo revocar la pena de muerte, y ordenara otro juicio para una nueva sentencia. ¡Hasta le platicó esa estrategia a Michael Johnson! quien le aseguró que haría lo que fuera para salvar a Mario. Te digo, Echeles no sólo era confrontativo y exuberante y genial. Era muy, muy, muy astuto, muy respetado y conocía sus leyes. Pero algo se torció. De nuevo, por culpa de Johnson. De nuevo.

El nuevo juicio arrancó el 25 de noviembre de 1986. Para entonces, Mario ya llevaba quince meses en el corredor de la muerte. Como te digo, se trataba de demostrar que el juicio en que lo condenaron no fue justo. Eso suponía, entre otras cosas, destrozar a su anterior abogado Michael Johnson. Y en eso se concentró Julius Echeles. Para la ocasión trajeron a Mario de Menard, una cárcel fría y remota a orillas del Misisipí donde languidecía escuchando pasar a los trenes de mercancías, el único sonido cotidiano del exterior.

(Nota: Si piensas que el Misisipí es un río cálido bordeado de camelias y azaleas, de plantaciones de algodón y azúcar, de caballeros y damas sudistas y antiguos esclavos semidesnudos, has leído demasiado a Mark Twain o William Faulkner. Por el norte llega hasta Canadá y puede llegar a ser MUY frío.)

El caso es que ahí estaba Mario, y ahí estaba su nuevo e imponente abogado Julius Echeles. Abrió la Fiscalía diciendo que, a sus ojos, el juicio anterior fue perfecto salvo por algún detallito sin mayor importancia. Julius Echeles comenzó a llamar testigos, empezando por Lena, la hermana mayor de Mario. A continuación, a su madre, que necesitó intérprete porque apenas hablaba inglés.

Acto seguido llamó a Virginia Villarreal. Virginia Villarreal formaba parte de esa otra familia que pasó Año Nuevo en casa de Mario hasta las dos de la madrugada. Luego, al padre de Mario. Y así con todas las personas que podían declarar que no salió de casa aquella noche gélida en que mataron a Gilbert Pérez. Todas contaron lo mismo: que Mario pasó la noche en casa y que el abogado Michael Johnson nunca quiso llamarles como testigos porque le parecía un caso fácil y porque las familias son malos testigos de coartada. Ahora ya lo sabes: si acusan a tu padre, a tu hijo o a tu hermano de cometer un delito, no puedes declarar que pasó la noche en casa porque nadie te creerá.

Las hermanas de Mario, Anita y Graciela también declararon que la policía las apaleó en su propia casa durante el registro, así porque sí. En el caso de Graciela, mandándola una semana al hospital. En el caso de Anita, que tenía trece años entonces, mandándola al psicólogo una larga temporada. Y encima, las arrestaron acusadas de resistencia a la autoridad, aunque para cuando se celebró este segundo juicio ya habían salido limpias. Cada vez que la conversación se desvía por ahí, el Fiscal intenta cambiar de tema o recordar al JUEZ esta acusación de resistencia a la autoridad. No parecían, ni parecen, tener mucho interés en los desmanes y abusos de la notoria policía de Chicago y del notorio policía Reynaldo Guevara.

Al día siguiente, 26 de noviembre de 1986, se reanudó el juicio. Y, por fin, Mario pudo hablar. Pero no defenderse. Al ser un post-conviction de esos en vez de una verdadera apelación, seguía considerado culpable del asesinato de Gilbert Pérez y no podían reconsiderar el asunto de su inocencia. O sea, imagínate: te acusan de matar a un tipo, te condenan a muerte, y tienes que tragarte todo el proceso judicial sin poder gritar nunca: “¡Soy inocente por esto, por esto y por esto!” Al menos, pudo decir por qué el abogado Michael Johnson se negó a que subiera a testificar: según él, porque la Fiscalía podía marearlo y hacerlo parecer culpable cuando —una vez más— “era un caso fácil” que Johnson podía sacar adelante solito.

También dijo, como los testigos, que nunca salió de casa aquella noche. Añadió que la policía ocultó sus propias declaraciones cuando lo arrestaron hasta fechas recientes. Que cuando supuestamente disparó contra Luis Rosero, en realidad estaba pasando la noche con los hijos del capitán de la policía de Chicago Neil Francis. Que el abogado Johnson no actuó en base a ninguno de estos hechos. Y que ni siquiera llamó a declarar a Mayra Álvarez y Lucy Jiménez. ¿Que no te acuerdas de ellas, dices…?

MARIO

…la esposa de Sammy, Lucy Jiménez, con su amiga Mayra… ¿Por qué vino Mayra con ella? Porque Mayra y yo, antes de que me agarraran, de que me detuvieran por este caso, yo empecé a salir con Mayra–

Mayra venía a mi casa a buscarme y recuerdo que mi mamá, mis hermanas me decían que era la primera chava que venía a buscarme. El resto de los que me venían a buscar eran los amigos. Y Mayra estaba bonita, puertorriqueña, y le gustaba… y por eso vino Mayra con Lucy ese día.

Yo pensé que venían a visitarme a mí. Y en el receso, Michael Johnson me dijo que Sammy Ramos estaba en la oficina… en la sala de espera del jurado, por la oficina del juez Bailey… estaba esperando ahí como testigo para declarar en mi contra. Pero Sammy le dijo al fiscal y al juez que no iba a declarar en mi contra. Para nada: que ni quería estar ahí.

Entonces, Michael Johnson me dijo que Lucy y Mayra le dijeron a Michael Johnson que ellas estaban con Sammy en esa sala de espera, o en esa sala de deliberación del jurado, cuando entró a esa sala Guevara y el fiscal John Brady y le dijeron… y amenazaron a Sammy: “Si no declaras en contra de Mario, te vamos a agregar más años a tu sentencia; así es que ve considerándolo.”

Eso es: durante el juicio anterior, Mayra y Lucy habían sido testigos auditivas de cómo el fiscal y el policía Reynaldo Guevara chantajeaban a Sammy Ramos para que declarara contra Mario. En un primer momento, Johnson pareció indignarse y las puso en la lista de testigos para llamarlas a declarar. Sin embargo, al final… nunca lo hizo. ¿Quizá porque era también el abogado de Sammy? ¿Quizá él mismo había negociado ese trato y estaríamos ya no ante un abogado incapaz, sino ante un abogado desleal, un traidor…?

Pese a que en este juicio no se resolvía nada sobre la inocencia o culpabilidad de Mario, cuando al final a la Fiscalía le tocó el turno de interrogarlo, se lanzó a un detallado repaso del caso entero. Preguntó insistentemente, extenuantemente a Mario sobre cada una de las declaraciones que hizo o no hizo, sobre cada detalle, sobre cada documento, durante el resto de la mañana. Como si quisiera atraparlo en una contradicción. Pero Mario se mantuvo firme y coherente en sus explicaciones, incluso con cosas que muchos habrían olvidado casi dos años después de los hechos. O querido olvidar. Por ejemplo, las declaraciones firmadas bajo tortura, extremo agotamiento y falta de sueño.

Después de Mario, el abogado Julius Echeles había llamado a declarar a la familia del capitán de policía Neil Francis. Éstos eran esenciales para demostrar que lo que le condenó definitivamente a muerte, el presunto tiroteo de Luis Rosero hasta dejarlo paralítico era otro cuento chino. Pero la familia Francis, pese a haber sido citada, no sólo estaba ilocalizable, sino que además había descolgado el teléfono para que no les pudieran llamar.

Al día siguiente era Thanksgiving (Acción de Gracias) y el juez tenía planeadas unas vacaciones. Así pues, con la extraña ausencia de la familia Francis pendiendo en el aire, este segundo juicio se pospuso hasta el 8 de diciembre de 1986.  El frío se acercaba más y más.

Y se reanudó el 8 de diciembre, ahora con la presencia de la familia Francis, del Departamento de Policía de Chicago. Los chicos con los que Mario estuvo en la misma noche en que lo acusaron de disparar contra Luis Rosero. Primero interrogaron a Nick, que a sus 19 años tenía que recordar lo ocurrido veintiocho meses atrás: del sábado 4 de agosto al domingo 5 de agosto de 1984.

Nick Francis dijo que estaba en casa con su madre y con su hermano Noel. Que habían ido a llevar al aeropuerto a su otro hermano, un Marine al que se le acababa de terminar un permiso. Y que Mario se quedó a dormir en su casa con ellos para ir juntos al día siguiente a una competencia de clavados. Y que luego se fueron a la cama. A continuación, declaró lo mismo su hermano Noel. Y su madre Natalie.  La esposa y los dos hijos del capitán de la policía Neil Francis declararon que Mario estuvo con en casa comiendo pizza y viendo películas hasta al menos las tres de la madrugada. No peleándose a tiros con el paralítico Luis Rosero.

Los tres añadieron que ningún abogado fue a hablar con ellos. Ni el difunto Howard Gilman ni su sucesor Michael Johnson. No es que el abogado de Mario pasara de llamarlos a declarar. Es que ni siquiera se molestó en preguntarles si tenían algo que decir.

La situación pintaba mal para el fiscal, que intentó desacreditarlos como testigos. O al menos intentó desacreditar su memoria. Sobre todo, con los dos chicos, insistió repetidamente en si estaban totalmente seguros de que eso sucedió en la noche del 4 al 5 de agosto de 1984 y no en alguna otra fecha. Transcurrido tanto tiempo, logró extraer alguna respuesta dubitativa, pero no sobre el hecho de que fue el sábado en que dejaron a su hermano, el Marine, en el aeropuerto. Y después el fiscal contraatacó con… el capitán Neil Francis, padre y esposo de los anteriores, que no estaba en la casa aquella noche.

¿Por qué, si ya sabemos que Mario se quedó a dormir allí? Porque recordemos: esto no es exactamente ni un juicio penal, que ya se celebró, ni una apelación propiamente dicha. Es el post-conviction, para determinar si Mario fue condenado con las adecuadas garantías legales. No se está re-enjuiciando su inocencia o culpabilidad, ni tampoco su sentencia, sino —básicamente— el trabajo de su abogado. El trabajo de Michael Johnson.

Así pues, mientras el legendario defensor Julius Echeles debe destrozar al abogado Johnson sin dañar las posibilidades de Mario de cara a una futura apelación, el fiscal sólo debe mantener que el abogado Johnson obró correctamente con la información que tenía.

Por eso llama al capitán Francis, y a continuación al otro policía que detuvo a Mario por el tiroteo contra Luis Rosero. Y luego a otro más. Resulta que cuando lo detuvieron, Mario se defendió diciendo que había pasado la noche en casa del capitán Francis. El policía que lo detuvo llamó al capitán Francis. Y el capitán Francis dijo que él no sabía nada de eso. Lo dijo porque no estaba en casa y aparentemente nadie de su familia se lo contó. Pero así constó en el informe policial.

Acto seguido, la fiscalía llamó a declarar a Michael Johnson. Al ex abogado de Mario.

Al principio, Johnson empieza fuerte. Explica su caso y las decisiones que tomó. Cuenta que habló muchas veces con Mario y con su familia. Pero conforme el fiscal —atención, el fiscal, que va de su parte porque le conviene demostrar que la defensa de Mario fue adecuada…— …conforme el fiscal le interroga, la memoria del abogado Johnson se disuelve como un azucarillo.

No recuerda de qué habló con Mario. No recuerda de qué habló con la familia de Mario. A los pocos minutos se limita a repetir “no sé, no recuerdo” a todas las preguntas. Hasta tal extremo llega la cosa, que el propio juez lo confronta y lo emplaza a declarar otra vez al día siguiente, después de pensarse muy bien si eso es lo que quiere hacer.  Atención: Declarando en sede judicial, el ex abogado de Mario “no sabe” y “no recuerda” por qué hizo lo que hizo y dejó de hacer lo que dejó de hacer. Así de duro. Con ese cinismo.

Arriesgar la carrera es asunto delicado y al día siguiente Michael Johnson vuelve con mejor memoria. O, al menos, con una historia. Dice que Mario le contaba una cosa distinta cada vez y por eso no adoptó más estrategia defensiva que obligar a la fiscalía a demostrar su caso. Que, al principio, el asunto estaba fácil porque los fiscales no tenían nada sólido. Si él llamaba a testigos a declarar sobre su coartada, o al propio Mario, alguno podía contradecirse ante el jurado y estropearlo. Pero la cosa se jodió cuando llevaron a Víctor Flores, que también se jugaba la vida, a contar el cuento de la fiscalía.

Sin embargo, cuando Julius Echeles lo interroga, su memoria se torna nebulosa de nuevo. Dice que no conserva ninguna nota del caso. Que cree que no tomó ninguna nota del caso ni de ninguna conversación. O sea, imagínate: eres abogado defensor, tienes un caso de asesinato en las manos y existe la posibilidad de que condenen a muerte a tu cliente. Y no tomas una sola nota. Echeles le pregunta si esto le parece normal. Michael Johnson admite que no, que posiblemente no sea normal. Echeles pregunta si no será que las ha destruido. Johnson responde que no cree que destruyera ninguna nota y que no sabe si tomó alguna, que no hay ninguna en sus archivos, quizá se hayan extraviado.

Johnson también reconoce que sólo tomó la dirección y el teléfono de Mario y su familia. De nadie más. Nunca se molestó en asegurarse de que podía contactar —por ejemplo— con la familia Villarreal, los que estuvieron celebrando el Año Nuevo en casa de Mario poco antes de que mataran a Gilbert Pérez. Tampoco es que hubiera servido de mucho, porque según él ni siquiera recuerda que la familia de Mario le dijera que pasó el Año Nuevo en casa. Que puede que alguna de sus hermanas se lo dijera, pero no lo tiene claro.

Y entonces va uno y cae en que, durante el primer juicio, el abogado Johnson ni siquiera mencionó este hecho. En su supuesto afán por evitar un “juicio sobre coartadas”, por limitarse a obligar a la acusación a probar su caso, el jurado nunca oyó que Mario estaba en casa mientras mataban a Gilbert Pérez Ojos Azules. Así que Johnson está ahora cubriéndose las espaldas por no hacerlo. A partir de aquí, su declaración vuelve a degenerar cada vez más. De nuevo, no recuerda de qué habló con Mario o con la familia de Mario ni en qué orden. A lo mejor, si hubiera tomado alguna nota… pero no hay notas.

Michael Johnson vuelve a recuperar la memoria cuando le toca explicar por qué, durante la fase de sentencia, tampoco llamó a la familia del capitán Neil Francis para desacreditar a Luis Rosero. Luis Rosero —recordemos— es el tipo al que supuestamente tiroteó Mario hasta dejarlo paralítico; el que se presentó en silla de ruedas enseñando sus heridas ante el jurado. Increíblemente, Johnson afirma que “no quería llamarlo mentiroso” y entrar así en un debate que pudiera alargar su presencia y aumentar su impacto. Que lo quería fuera de la vista del jurado cuanto antes.

Volvamos a imaginar: eres jurado en un juicio por asesinato. Acabas de declarar culpable a un tipo porque la fiscalía ha montado un caso con testigo clave y su abogado ni siquiera te ha dicho dónde pasó la noche de año nuevo. Llega la hora de sentenciarlo, de decidir si merece la pena máxima o no. La fiscalía redobla la apuesta presentando a otro fulano al que supuestamente el acusado tiroteó unos meses después. Un fulano en silla de ruedas, paralizado, lastimero, que se levanta la camisa para mostrar sus cicatrices mientras dice que el acusado se lo hizo “sonriendo.” Y su abogado ni intenta disputar el hecho porque “lo quiere fuera de tu vista cuanto antes”, pese a que tiene a la esposa y los hijos de un capitán de policía para declarar que eso no pudo ocurrir así en esa fecha. De hecho, uno de ellos ya lo declaró ante otro tribunal cuando arrestaron a Mario por eso. ¿Te parece suficiente impacto?

Julius Echeles ametralla al abogado Johnson con este asunto. Johnson recupera la memoria otra vez, pero se vuelve aceitoso, escurridizo. Insiste en que sigue creyendo que disputar el relato de la fiscalía y de Rosero habría sido contraproducente. ¿Pero no se supone que el trabajo de un abogado consiste justamente en disputar las afirmaciones o pruebas de la fiscalía y sus testigos? Se ve que, en el peculiar universo legal de Michael Johnson, no. En el peculiar universo legal de Michael Johnson, te quedas ahí sentado como un borrego permitiendo que la fiscalía monte su historia sin más oposición que alguna protesta ocasional.

Johnson no intentó disputar que el asesinato de Gilbert Pérez fue un atraco con asesinato. Recordemos que un asesinato simple no bastaba para condenar a un acusado a muerte. La fiscalía necesitaba un atraco con asesinato y lo consiguió afirmando que Mario se llevó las cadenas de oro que portaba Ojos Azules después de matarlo.

Ni siquiera Víctor Flores, cuando contó el cuento de la fiscalía, dijo que tal fuera la intención de Mario o Harry Gómez. Tan solo dijo que se llevaron las cadenas de Ojos Azules después de asesinarlo por enemistad pandillera. Y robar a un muerto es un robo, no un atraco. No se puede atracar a un muerto porque no hay forma de amenazarlo o intimidarlo. En todo caso sería un asesinato seguido de robo, nunca un atraco con asesinato, y por tanto no cualificaba para la pena de muerte. Estos matices, que son el pan de cada día de cualquier abogado que se lo gane, le pasaron totalmente desapercibidos al experto penalista Michael Johnson.

Johnson no presentó ni una prueba, ni un testigo a favor de Mario o en contra del relato de la fiscalía. OK, se supone que es la fiscalía quien debe probar la culpabilidad del acusado y no al revés, que todos somos inocentes mientras no se demuestre lo contrario, etcétera… pero hasta el más tonto entiende que nunca viene mal disponer de pruebas y testimonios en defensa de tu defendido. Algo, lo que sea, que te permita romper el relato de la acusación si las cosas se tuercen, como se torcieron. Desde un mes antes, Johnson sabía que los fiscales contaban con el peligroso testimonio de Víctor Flores obtenido mediante el método inquisitorial del plea bargain. Cuando empezó el juicio, Johnson sabía que el asunto ya se había torcido. No es como si lo tomara por sorpresa.

Pues ni por esas. Michael Johnson no tuvo nada que objetar y renunció a cualquier arma con la que defender a Mario. No presentó ninguna contraprueba. Y sus cuatro testigos fueron un taquígrafo que no tenía nada que aportar, dos investigadores que se entrevistaron con Nancy Lebrón y Víctor Flores sin sacar nada en claro, más un perito en armas que dijo que pudo haber dos escopetas en vez de una sola en el asesinato de Gilbert Pérez Ojos Azules.

Johnson tampoco llamó al estrado a Mayra Álvarez y Lucy Jiménez, las que oyeron a un fiscal amenazando a Sammy Ramos si no declaraba contra Mario. Si recuerdas, las incluyó en la lista de testigos. Pero nunca las llamó. ¿Por qué? ¿Quizá porque Johnson era también el abogado de Ramos y no deseaba presentarlo como un individuo susceptible de declarar lo que le manden? ¿Fue, por tanto, Michael Johnson un abogado no incapaz, sino traidor?

[BEAT]

Las Navidades de 1986 llegaban de prisa, el juez tenía mucha documentación que revisar y ya sabemos que las cosas de palacio van despacio. Establecieron la siguiente vista para el 16 de marzo de 1987, a punto de empezar la primavera. Pese a esta avalancha de malas prácticas y presuntas amnesias, enseguida determinaron que esto no era una apelación, ni tampoco un juicio contra Johnson. Y que debían ceñirse a Strickland.

¿Qué es Strickland? En el sistema legal gringo, basado en los precedentes y la jurisprudencia, Strickland contra Washington es un caso muy importante juzgado por el Tribunal Supremo: sirve, justamente, para definir si la defensa de un acusado fue suficiente acorde a la Constitución o no. Digamos que establece unos criterios mínimos.

Y esos mínimos son muy mínimos. En esencia, consta de dos elementos bastante ambiguos y susceptibles de discusión. Para satisfacer el primero, debe demostrarse que la defensa estuvo “por debajo de un estándar razonable de sensatez.” Y para que se cumpla el segundo, debe demostrarse también que, si la defensa hubiera estado por encima de ese estándar, hay una probabilidad razonable de que el resultado del juicio fuera mejor para el acusado.

Como comprenderás fácilmente, esto es tan ambiguo que ha dado lugar a incontables páginas de jurisprudencia a su vez y en cada sitio se aplica de un modo. Tú y yo podríamos sentarnos horas y días a discutir si el trabajo de alguien estuvo por debajo o por encima de un “estándar razonable de sensatez” y si su desempeño habría cambiado en algo las cosas. Ahora imagínate si, encima, es nuestra profesión y vivimos de eso.

La consecuencia es obvia: hay muy pocos casos en que Strickland quede clara. Sólo aquellos en que el defensor estaba obviamente senil o enfermo mental durante el juicio (en una ocasión, llegando a exponer sus delirios durante la presentación inicial), o borracho, o cosas así. Y por aquel entonces era una sentencia reciente. Aún no se había desarrollado toda esa otra jurisprudencia para ajustarla un poco más a la realidad.

Aunque tanto la fiscalía como Julius Echeles expusieron de nuevo sus argumentos, a todas luces el juez ya se había formado una opinión. Por cierto, este juez se llamaba Robert Boharic. Antes de acceder a la judicatura, había sido ayudante de la fiscalía y discípulo de Bailey, el juez que presidió el primer juicio contra Mario. Bailey tenía fama de hanging judge y a Robert Vincent Boharic se le consideraba un joven Bailey. Era un ex Marine conservador, duro, un “juez de Reagan”, en guerra contra el crimen. En 2012 se le vio oponiéndose al matrimonio igualitario y en fechas tan recientes como las Primarias de 2016 todavía aspiró a delegado de Ted Cruz, por el Partido Republicano.

Y el juez Robert Vincent Boharic determinó que Mario había tenido un juicio justo con las garantías necesarias para su defensa establecidas en la Sexta Enmienda de la Constitución gringa. Que el abogado Johnson pudo cometer algún errorcillo, pero, acorde a esa jurisprudencia de Strickland contra Washington, no cayó por debajo de su “estándar razonable de sensatez.”

En opinión de su señoría, Michael Johnson contaba con la plena posesión de sus facultades y no cometió ninguna irresponsabilidad grave. Dice que no ha quedado demostrado que Johnson estuviera representando a dos personas simultáneamente, en el sentido de exactamente a la vez y por el mismo caso. Que es cierto que las coartadas suministradas por la familia del acusado no suelen ser eficaces. Que la familia Villarreal sólo podía testificar sobre su estancia con Mario hasta las dos de la madrugada, pero no después, y por tanto nada habría cambiado. Que, según Johnson, Mario le dio versiones contradictorias y tuvo que trabajar con esa incertidumbre, por lo que adoptó una estrategia estrictamente defensiva. Que no era necesario llamar a declarar a Mayra Álvarez y Lucy Jiménez para decir que la fiscalía estaba amenazando a Sammy Ramos. Que no confrontar al jurado es una buena idea y que, además, el jurado podría haber visto mal los matices entre un asesinato seguido de robo y un atraco con asesinato, por mucho que marquen la diferencia entre la vida y la muerte. Que el testimonio de la familia del capitán de la policía presentaba algunas contradicciones menores. Y que, en suma, todo bien, hace buen clima y el juicio fue justo con todas las garantías para la defensa de Mario.

Mario no se lo podía creer. El veteranísimo Julius Echeles quizá sí, pero no dejó de hacer constar que estaba en total desacuerdo con semejante decisión. El juez, cándido, le contestó que quedaría muy sorprendido si lo estuviera. Así Mario Flores Urbán siguió condenado a muerte por un crimen que no pudo cometer. Por cierto: nadie, ni siquiera el legendario Julius Echeles, pensó en llamar a los implicados en el accidente la noche en que mataron a Ojos Azules. Los ocupantes del otro coche, que le vieron marcharse borracho, pero solo y bien de salud. Nadie se lo llevó, ni para matarlo ni con ninguna otra intención. Pero ante la ley que poco tiene que ver con la justicia, había quedado probado por dos veces que sí.

Y así Mario pasó a ser parte de la estadística. De los Lock ‘em up and throw away the key de la Era Reagan. De los tantos como fuera posible. Así fue sumergiéndose dentro del sistema carcelario que lo quería invisible y eliminado. Al igual de decenas de otros. Hasta que poco a poco y muy lentamente fueron reemergiendo conforme avanzaba la tecnología forense, y las pruebas de ADN lograban exonerar a varios hallados culpables por delitos que no habían podido cometer. Al centro de todo esto, un personaje macabro: Reynaldo Guevara. Eso, en el próximo episodio: Las Guevaradas.