Episodio 4

Un tranvia llamado injusticia

JUEZ

Todo lo que quiero es que diga la verdad, y si no lo hace, va a tener problemas! Ahora, ¿me entiende? ¡¿Me entiende?!

Y así acabó el primer día del juicio contra Mario Flores: con la acusación de una delincuente habitual pastoreada por un policía infame, un dignísimo juez presuntamente imparcial coaccionando cual padrote a un testigo fundamental para obligarlo a declarar contra él y absolutamente nada más.]

CRÉDITOS INICIO

En estos términos comenzó el segundo día del juicio contra Mario: miércoles, 14 de agosto de 1985 y hacía todavía más calor.

El primero en declarar fue este Sammy Ramos; tras las coacciones del día anterior y un nuevo acuerdo de inmunidad absoluta por cualquier cosa que dijera,  aceptó hablar contra Mario. Bueno, eso de que habló es relativo. La mayor parte fueron monosílabos y “no recuerdos.” Básicamente el fiscal iba contando su cuento, de vez en cuando intercalaba una pregunta a Sammy y éste contestaba “sí.” En la parte más crítica de la declaración, la que incrimina a Mario, el fiscal le va citando lo que declaró ante un Gran Jurado anterior, le pregunta si es así, y Sammy responde sistemáticamente “no recuerdo.”

Atención: un testigo clave de la acusación no se ratifica en sus anteriores declaraciones contra Mario Flores, extraídas mediante uno de esos arreglos inquisitoriales con la fiscalía. Tanto es así que el fiscal llama a declarar a otro fiscal, el que lo interrogó en esa ocasión anterior, para que confirme que eso fue lo que dijo. ¿Te parece un lío bastante extraño? Lógico: lo es.

Y a todo esto, ¿en qué debería haberse ratificado? Pues, al parecer, en que Harry Gómez le contó que Mario mató a Ojos Azules unos días después de los hechos. O sea, en sus declaraciones, Sammy está en su casa, llega Harry y le pide que le instale un estéreo. En una declaración, Sammy le dice que no puede porque es tarde. En otra, mientras Sammy le está instalando el estéreo, Harry le dice algo muy parecido a: “Oye, por cierto, ¿sabes que en Año Nuevo Víctor, Mario y yo nos cargamos a Ojos Azules?” Y acto seguido le explica los detalles. Así, por las buenas. Por alardear, es un suponer. Lo más interesante de todo es que, en una de las raras ocasiones en que Sammy dice algo más que “sí” o “no recuerdo”, es para afirmar que no le creyó y que no cría que Mario sea capaz de hacer algo así después de conocerlo durante largos años.

Tras esta parodia, el fiscal llama finalmente a su testigo peso pesado: Víctor Flores. Recordemos que Víctor no es familia de Mario aunque se apelliden igual; se trata de una coincidencia. Y Víctor sí que canta, sí. Suelta toda la sopa. Pero hay que recordar dos cosas: Víctor, otro delincuente habitual, está también acusado del asesinato de Ojos Azules y también tiene una componenda inquisitorial con la fiscalía. Su máximo interés es que no le carguen el muerto a él. Que se lo carguen a quien sea, hasta a la viejita del 7B, pero no a él. Se juega la pena de muerte y la fiscalía no tiene a la viejita del 7B, sino a un cabeza de turco: Mario Flores.

A preguntas dirigidas del fiscal, Víctor Flores cuenta el cuento de la fiscalía. Dice que Mario lo recogió con el coche de su hermana para salir a dar una vuelta en la madrugada del 1 de enero de 1984, Año Nuevo. Que pertenecen a una pandilla afiliada a los Latin Brothers. Que iban al centro pero el mal tiempo les impidió llegar y se dieron la vuelta. Que entonces otro auto le adelantó a gran velocidad y al poco lo vieron accidentado en el entrecruce de North con Western. Que ahí reconocieron al conductor como Gilbert Pérez, Ojos Azules, miembro de una pandilla rival. Que, de algún modo mágico, llegó otro coche con Harry Gómez, también afiliado a los Latin Brothers.

Cuánta casualidad para una época en que no había celulares, ¿no? Recuerda: estamos hablando de Chicago, no de Littletown, New Jersey. Hablamos de una ciudad enorme con millones de habitantes donde dar con alguien al azar es como encontrar la proverbial aguja en un pajar. OK, están más o menos en la zona de los barrios latinos, pero eso sigue siendo un área inmensa, solitaria a esas horas y con ese clima. Y resulta que en medio de la madrugada, en escasos minutos, con un frío que pela las paredes, coinciden Víctor Flores, Mario Flores, Harry Gómez y su supuesto enemigo pandillero Gilbert Pérez, Ojos Azules, a bordo de tres coches distintos que no tienen modo de comunicarse entre sí. Recuérdame que la próxima vez que juegue a la lotería compre el boleto en el entrecruce de North y Western, Chicago. Vistos los antecedentes, seguro que me toca.

Pero Víctor, con la vida en juego, sigue adelante con la fábula del fiscal: dice que cuando ellos llegan, el próximo difunto Ojos Azules discute con la señora implicada en el accidente. No menciona que esta señora iba acompañada de dos señores, los tres que luego declararían por propia iniciativa que no vieron a nadie más que a Ojos Azules y que éste se fue solo a pie. En su lugar, afirma que Ojos Azules amenaza a la señora con pegarle un tiro si no se mete en el coche. Que cuando Mario y Harry se acercan a pie, les amenaza también con balearlos si no se ocupan de sus propios asuntos. Imaginando en un mundo de fantasía que algo de esto fuera cierto, significaría que Ojos Azules estaba armado y con actitud amenazante. Por eso el fiscal se apresura a preguntar a Víctor si Ojos Azules portaba realmente algún arma. Víctor contesta que no vio ninguna.

Lo que si vio, dice, fue una escopeta recortada del calibre 12 que Mario saca de la cajuela del coche de su hermana mientras él permanecía dentro. A continuación la escopeta parece desaparecer mágicamente también, porque según dice, Mario se dirige a Ojos Azules para pasarle el brazo por el hombro como si fuera un amigo e invitarlo a llevárselo en el coche. O sea, imagínate: eres un pandillero con enemigos, vas borracho y sufres un accidente de tráfico. Al momento, por arte de magia, aparecen tres tipos en dos coches que dicen ser amigos tuyos y se ofrecen a llevarte. Uno de ellos carga una escopeta recortada en las manos.

Ah, no, que Nancy Lebrón declaró que Mario echó la escopeta al asiento trasero, cosa que Víctor no menciona. Bueno, olvida la escopeta: eres un joven pandillero con enemigos. Yendo borracho, tienes un accidente. Entonces, jóvenes desconocidos surgidos de la nada en medio de una noche gélida con dos coches distintos te invitan amablemente a llevarte con ellos. Y, según Nancy Lebrón, dos de ellos al menos llevan chamarras con los colores de una banda rival. ¿Tú qué harías?

Bueno, pues según la delirante invención de la policía y la fiscalía contada por boca de Víctor Flores, Ojos Azules se deja llevar en buena onda. Recordemos: está borracho, pero no tan borracho como para perder el sentido de la realidad. Ha podido manejar su vehículo durante un buen trecho, aunque fuera como loco. Ha tenido un accidente pero se mantiene en pie, camina por sí mismo, ha amenazado a varias personas con tirotearlas si no lo dejan en paz. Está obviamente consciente, articulado y agresivo, capaz de reconocer lo que sucede y sus consecuencias. No va a cuatro patas con todos los instintos de supervivencia ahogados por el alcohol. Y en vez de ponerse paranoico cual gato en perrera, se deja llevar amistosamente por esos desconocidos con chamarras de una banda rival. Todo muy lógico y muy normal, ¿no?

Impertérrito, Víctor Flores sigue recitando como un loro esa increíble fabulación. Mario mete a Ojos Azules en el asiento del acompañante, se sienta detrás —de nuevo con la escopeta en las manos—, y pide a Víctor que maneje siguiendo a Harry. Dice que, durante el recorrido, Mario charla con Ojos Azules para reafirmarle que pertenecen a una banda amiga… como si los pandilleros de Chicago no supieran qué bandas son amigas y cuáles quieren ver el color de sus huesos, por sus chamarras.

Se detienen en un callejón a unas cuadras del accidente. Entonces, así también porque sí, Mario y Ojos Azules se bajan del coche para conversar con Harry Gómez o fumarse un cigarrillo o algo mientras Víctor permanece al volante. Lo típico a –7°C según el registro meteorológico histórico del aeropuerto de Chicago O’Hare, en un callejón solitario, en medio de la noche.

Por motivos inexplicados, ya que todo era tan normal, Víctor da la vuelta al coche para encararse en sentido contrario. Así que no ve lo que ocurre a continuación, cosa muy conveniente para su propia defensa al poder decir que no se lo esperaba y no pudo hacer nada por evitarlo. Dice que oye disparos, cuatro al menos. Dice que mira por el retrovisor. Dice que ve a Ojos Azules ya caído y a Mario con la escopeta recortada en las manos, tocándolo. Dice que él mete pie al acelerador y se larga a toda velocidad, sugiriendo que es presa del pánico. Después dirá que hizo todo eso porque “estaba nervioso.” Poco después Mario y Harry le dan alcance con el coche de este último y le indican por señas que los acompañe hasta casa de Harry.

Otro detallito: supuestamente Víctor huye del lugar de los hechos con el Buick Regal de la hermana de Mario. Ese era un buen coche, potente y rápido. Está histérico, manejando deprisa por unas calles esencialmente vacías hacia donde le da la gana. Sin embargo, de algún modo también mágico, Mario y Harry adivinan por dónde va… y no tienen ningún problema para alcanzarlo con la cafetera de Harry, un trasto barato de segunda mano. Como ves, todo sigue siendo muy lógico y normal. Nadie preguntó tampoco cómo esto fue posible.

El fiscal pregunta a Víctor qué más vio, una vez estacionados junto a la casa de Harry. Víctor responde que unas cadenas propiedad del recién finado. La fiscalía necesitaba este dato para poder acusar a Mario y Harry no sólo de asesinato, sino también de atraco a mano armada. Sólo la combinación de ambas cosas les permitiría pedir después la pena de muerte. Ni un asesinato simple ni un atraco a mano armada bastaban para condenar a alguien a la aguja según las leyes de Illinois del periodo. Necesitaban ambas cosas a la vez. Después, según él, Mario lo llevó a casa como si no hubiera pasado nada.

Este es el único momento del juicio en que el abogado de Mario hace cosas de abogados. Pero sólo un ratito, al principio y al final: sobre las protestas del fiscal, todas aceptadas por el juez, consigue al menos sugerir al jurado que probablemente Víctor tiene un pacto con la fiscalía para salvar su propio culo. Y que podría estar mintiendo.

Sin embargo, durante el contrainterrogatorio entre medias, vuelve a meter la pata: hace a Víctor las mismas preguntas que el fiscal reformuladas de otro modo. Como cabe suponer, Víctor contesta que sí a todas, reafirmando así su testimonio. Y con eso se fueron todos a comer, siendo las 13:30 del 14 de agosto de 1985. Por haber sido un perrito tan fiel, la fiscalía retiró todos los cargos contra Víctor Flores el 30 de diciembre de 1986. Para entonces, llevaba ya tiempo en libertad bajo fianza.

MARIO

La noche del 11 de noviembre de 1984 me encontraba en la cárcel del Condado de Cook, junto con Víctor Flores. Ambos estábamos acusados de homicidio y robo a mano armada. Después de haber sido procesados como nuevos internos, nos encaminaron a la División 6 de la cárcel, mejor conocida como “la escuela de los gladiadores.” En donde resguardaban a todos los jóvenes pandilleros de Chicago.

Un custodio nos dijo que teníamos suerte porque se acababan de desocupar varias celdas en el bloque “A-1” de la Escuela de Gladiadores. Al llegar al bloque “A-1” nos asignaron a Víctor y a mí la celda “A-14.” Eran celdas para dos internos solamente.

Lo primero que hizo Víctor curiosamente, me abrazó con lagrimas en su rostro y me dijo tímidamente: “Perdóname Mario. Perdóname. Firmé una confesión. Me dijeron que tú les dijiste que yo había cometido el homicidio. Y caí́ en su trampa de ellos.”

Intenté de consolar a Víctor, asegurándole que todo iba a estar bien porque no habíamos cometido ningún homicidio. Y en ese instante escuché la voz de otro preso en la celda de al lado. Me estaba hablando por el ventilador que ambas celdas compartían. Mientras le contaba de qué parte de la ciudad éramos Víctor y yo, este muchacho me reconoció́ como uno de los salvavidas de la playa de Humboldt Park. Se llamaba “Pepe” y “Ruff” era su compañero de celda. Ambos eran Latin Kings de la zona de Humboldt Park. Gracias a eso nos dieron sándwiches de jamón y refrescos para cenar esa noche.

Fueron ellos los que me contaron del motín que había acontecido hace unas horas, en el que salieron varios heridos y acuchillados de ahí́. Ellos dos quedaron como los nuevos jefes de los Latin Kings en ese bloque. Y me comentaron también que, curiosamente, los anteriores jefes de los Latin Kings en el bloque A-1 eran dos hermanos conocidos como los “hermanos Villareal” y compartían la celda en la que Víctor y yo estábamos.

En la mañana, después del desayuno, “Pepe” y “Ruff” me dijeron en privado que escucharon anoche los llantos y confesión de traición de la propia voz de Víctor Flores, y que por eso Víctor no podía quedarse en ese bloque. Se tendría que ir a la unidad de protección donde están todos los sapos, que esa era la ley en prisión. Abogué́ por Víctor. Les aseguré que Víctor no era ni un soplón ni un traicionero y que nunca haría nada para perjudicarme.

Dos semanas después, por el 27 de noviembre, el día de dar gracias, surgió́ un pleito entre los presos del bloque A-1. Y la bronca era por una charola de pavo y postre. En cuestión de segundos todos comenzaron a darse con todo. Durante el altercado, varios Latin Kings vieron a Víctor huir de la bronca y se fue a esconder debajo de las escalaras de la planta baja.

Al poco tiempo llegó el equipo anti-motín. Comenzaron a extraernos individualmente del bloque a todos y nos dejaron en los pasillos, hasta que terminara su investigación. Como nadie habla, vio nada ni escuchó nada, los custodios comenzaron a revisarnos las manos, los puños, la cara, la espalda para ver señales de pleito. A los que tuvieran rasguños, moretones, inflamaciones los enviaron al “calabozo,” es decir, a celdas de aislamiento total por 90 días. A los que no, nos reasignaron a diferentes bloques. Así́ llegué al bloque 1-B. Y esa fue la ultima vez que vi a Víctor Flores.

Como muchos presos vieron a Víctor huir del pleito y refugiarse debajo de esas escaleras, que es lo último que uno debe de hacer dentro de una prisión de alta seguridad, pues eso le complicó a Víctor el resto de su estancia en la cárcel. Sin mi protección, él sabía que se lo iban a cargar pronto. Sus días eran contados.

Patrick Forrester, de procedencia irlandesa, era el único tío materno de Víctor Flores. Trabajaba en la jefatura de crímenes violentos del Área 2 de la policía de Chicago, en la sección de pandillas de menores de 18 años de edad. Según Víctor, su tío fue el que contrató al abogado Eliot Samuels para que lo defendiera.

Por el apuro en el que Víctor se encontraba dentro de la cárcel, el abogado Samuels se meneo rápido con la fiscalía para salvarle la vida a Víctor. La primera prueba de eso fue que la fiscalía autorizó que Víctor saliera de la cárcel bajo fianza urgentemente, a pesar de que este iba ser un caso en el que solicitarían la pena de muerte, lo cual dificulta la posibilidad de salir bajo fianza.

La traición de Víctor y su abogado fue hecha con maldad y alevosía. Si Víctor hubiera procedido a juicio junto conmigo, a mi lado, como el coacusado que era, el jurado nos hubiera declarado inocentes a los dos. ¿Por qué? Porque no había evidencia física o creíble en nuestra contra, porque no habíamos cometido el crimen. Pero Víctor y su abogado optaron irse por el camino corto y tortuoso, lleno de mentiras y traición.

El hecho de que la fiscalía haya utilizado las declaraciones falsas en mi contra para sentenciarme a muerte demuestra claramente que guardaban un odio, venganza y maldad desmesurada. Era obvio que el detective Guevara logró influir sobre los fiscales y el propio tío de Víctor, quien a su vez influyó sobre las decisiones del abogado Samuels. ¿Cómo sé eso?

Porque cuando un fiscal está completamente convencido de la culpabilidad del acusado, lo primero que está obligado en hacer es ofrecerle un trato al abogado del imputado para evitar que el caso llegue a un juicio costoso para el estado, especialmente un caso de pena de muerte. La fiscalía nunca le hizo esa oferta a mi abogado. Eso quiere decir que ya venían con todo contra mí.

Y el abogado de Víctor también demostró́ su prejuicio en mi contra al no querer continuar con sus investigaciones de los hechos del caso, como estaba obligado por ley y por ética profesional. El abogado Samuel dejó de investigar los hechos del caso, como si alguien le hubiera dicho, “Ya. Déjale ahí́. No les rasques más porque pudieras encontrar evidencia que desacreditaría la credibilidad de tu cliente, Víctor.” Por eso no fue a investigar a los testigos presenciales del coche de automóviles.

Tanto el abogado Samuel como la fiscalía creyeron con falsedades del detective Guevara.

Más pequeños detalles: durante los lunches servían a los jurados bebidas alcohólicas. Cosas de la época, supongo. Pero esto significa que, a poco que no estuvieran evidentemente ebrios, por las tardes uno o más jurados podían estar menos lúcidos de lo que deberían, incluso un poco tocados. Y los testigos de la defensa declararon el miércoles por la tarde. Pero primero lo hizo el forense por boca del fiscal, lo que siempre excita al personal… o lo adormila con tecnicismos.

Sí, eso: en Estados Unidos, o al menos en Illinois años ’80, el fiscal podía pactar con el abogado que un perito del calibre del médico forense no se presente en el juzgado a declarar. El fiscal habla por él. De todos modos, en este caso, la declaración forense no aportó nada inesperado: tan solo las lesiones que cabe esperar cuando revientan a alguien a escopetazos a corta distancia. También pactaron la declaración de Lina, la hermana mayor de Mario y dueña del coche, en su ausencia: acordaron que iba a declarar que el coche era suyo y ya.

En realidad, aunque los jurados hubieran estado borrachos, tampoco habría importado mucho. Los testigos de la defensa fueron cuatro; o tres, porque uno era un taquígrafo que se limitó a tomar notas. El primero fue un detective privado que acudió a entrevistar a la delincuente habitual Nancy Lebrón en un salón de belleza próximo a su domicilio, acompañado por el taquígrafo. Es una declaración confusa, según la cual Nancy Lebrón pareció admitir que en realidad no era capaz de identificar a los hombres que vio llevarse a Ojos Azules aquella noche. Y que su esposo parecía hablar por ella, mencionando un Cadillac en vez del Buick Regal de la hermana de Mario.

Pero nuestro abogado estrella en ningún momento presionó para que el jurado entendiera cómo era posible que en noviembre de 1984 Nancy Lebrón identificara a Víctor y a Mario Flores, a Sammy Ramos, al Buick Regal color vino de la hermana de Mario, sus placas… y que en febrero de 1985, 3 meses más tarde, no se acordara de haber identificado a ninguno de ellos. Así de ridículo.

NANCY LEBRON – ESPOSO NANCY – PI

El segundo testigo de la defensa fue como si no existiera: otro detective privado que entrevistó a Víctor Flores, el que repitió el cuento del fiscal contra Mario, pero Víctor no quiso hablar con él.

Y el tercero fue una larguísima declaración de un experto en armas que puede resumirse en una línea: pudo haber una segunda escopeta en los disparos que mataron a Ojos Azules, pero no estaba seguro.

Eso fue todo.

Sí, sí, eso fue todo.

El abogado Michael Johnson no llamó a declarar, ni hizo ningún intento por localizar a los otros implicados en el accidente de tráfico, que sabían que ninguna de todas esas chaladuras ocurrió. No es que ignorara su existencia: durante los procedimientos previos, la fiscalía llegó a mencionar a dos como posibles testigos pero luego, obviamente, no los llamó. Habría sido suicida para su montaje llamar a unas personas que vieron a Ojos Azules marcharse solo a pie. El abogado Michael Johnson, por razones incomprensibles, tampoco los llamó.

El abogado Michael Johnson no llamó a declarar a ningún miembro de la familia de Mario para decir que pasó toda la noche en casa, amparándose en que “los familiares hacen mala coartada.”

El abogado Michael Johnson ni siquiera llamó a declarar al propio Mario en su defensa. Mario no tuvo ninguna ocasión de explicar su versión de los hechos. En los países civilizados, el juez tiene la obligación de preguntar al acusado o su representante si tienen algo que añadir, por esos buenísimos políticamente correctos como mantener hasta el final la presunción de inocencia, el in dubio pro reo, etcétera. En Estados Unidos, o en el Illinois de 1985, se ve que no.

Nadie presentó ninguna prueba material que vinculara a Mario con la muerte de Ojos Azules. Ni una sola: no existían. Sólo testimonios interesados o extraídos bajo apaño y amenazas de muerte por la aguja.

A la mañana siguiente, tercer y último día de juicio, vinieron los ejercicios de oratoria que llaman exposiciones finales del fiscal y la defensa ante el jurado. Como todo el mundo sabe, un vendedor de cubiertas para teléfonos, dos enfermeras, un tendero, una contable, un estudiante de Biología, una dependienta de Correos, un impresor, una auxiliar de tesorero, un operario de mantenimiento, un publicista, un desempleado, un modisto y un florista,  partidarios de la pena capital por ley, son las personas más aptas y capaces para decidir sobre la culpabilidad de un congénere.

Es obvio que todas esas personas conocen al detalle las sutilezas de los principios fundamentales del Derecho Occidental como la presunción de inocencia. Sin duda, es imposible que personas así sean arrastradas por un demagogo, un populachero o un mero buen orador.

El fiscal fue mejor orador que el abogado, por decirlo así. Con eso y con todo lo anterior, quizá no te extrañe saber que Mario fue declarado culpable de asesinato y atraco a mano armada con resultado de muerte en un ratito nada más.

MARIO

Lo que más me impactó el día que el jurado pronunció su veredicto no fue la decisión unánime del jurado sino un acto inusual de la naturaleza.

El sol de verano siempre brillaba a su máximo esplendor. Y esos rayos se podía apreciar cada día a través de las ventanas en la sala del juicio.

Pero pareciera que en el momento en que el portavoz del jurado comenzó́ a leer el veredicto del jurado, el cielo inesperadamente se oscureció́. De no sé dónde, comenzaron a llegaron nubes grises que obscurecieron el sol. Y al declararme culpable, comenzó́ a relampaguear y comenzamos a escuchar como las gotas de lluvia se estrellaban contra los cristales de las ventanas.

Yo me encontraba de pie. De repente, sentí́ la mano de uno de los alguaciles del juzgado, quien levemente me llevó del brazo a la celda de espera. Meses después mi familia me contó que le había dado un infarto a mi padre al escuchar el veredicto. Y por cuestiones de seguridad el alguacil tuvo que sacarme de la sala inmediatamente.

Mientras espera en la jaula de espera, llegó mi abogado Michael Johnson para ver cómo yo me encontraba, anímicamente. Al ver que me encontraba bien, me dijo que se iba de luna de miel, el día siguiente y que estaría fuera de la ciudad todo el fin de semana, que por eso no iba poder ir a verme para comenzar a prepararnos para la fase de la sentencia. Se despidió́ diciéndome: “Nos vemos el lunes por la mañana.”

Eran como las 9 de la noche cuando regresé a mi dormitorio, bloque 1-B, después de escuchar el veredicto. Y me encontraba agotado. Me cambie de ropa de vestir al uniforme de internos y caminé a mi celda para ir a dormir. Uno de los compañeros me dijó que “Silly Torres” quería hablar conmigo. Caminé a la celda de Silly y me dijo: “Mario, nunca me hubiera imaginado que fueras tú.”

Le pregunté: “¿De qué me hablas?”

Dijo: “Gilbert “Blue Eyes” Pérez era mi primo y mi mejor amigo. Y, por eso, yo estoy aquí́ hoy acusado de haber matado a cuatro cabrones de la pandilla “Spanish Lords” en venganza por la muerte de mi primo, Blue Eyes. Siempre habíamos creído que fueron ellos, los Spanish Lords, quienes mataron a Blue Eyes. Por eso, me sorprendí́ hoy al escuchar fueron ustedes, los “Latin Brothers.” Eso me rompe el corazón porque me caes muy bien, Mario.”

Le dije: “Mira, no sé quién te ha mal informado, pero yo no maté a Blue Eyes.” Me dijó: “mi familia estaba en tu juicio hoy y me acaban de informar que el jurado te declaró́ culpable de haber matado a Gilbert “Blue Eyes” Pérez.

La audiencia para sentenciar a Mario fue el siguiente lunes, 19 de agosto de 1985. El jurado era el mismo: el tendero, las enfermeras, el estudiante de Biología, la contable, el florista, el vendedor de cubiertas para teléfonos y demás sofisticados juristas dificilísimos de engañar o manipular. Y en esta vista se dio la gran farsa del circo que fue el juicio, o así lo llaman, contra el mexicano Mario Flores.

Para determinar si el declarado culpable merece vivir o morir, hacen un ejercicio que podría traducirse como estudio del carácter. En pocas palabras, fiscal y defensor llaman a distintas personas para que den su opinión sobre el condenado a ver si hay algo salvable en él. No, no estamos hablando de psiquiatras, criminólogos u otros expertos por el estilo. Estamos hablando de cosas como llamar a un profesor para decir que eres un buen estudiante que no da problemas o, por el contrario, que siempre fuiste un problema con patas que le pegaba a otros niños. Todo muy objetivo y riguroso como puedes ver, especialmente cuando el declarado culpable es un chavo de 20 años que apenas ha empezado a vivir como Mario Flores.

Y además, ninguno puede disputar que el declarado culpable sea realmente culpable. Eso ya lo han decidido en el juicio previo. Esta es la audiencia para sentenciar. Por tanto nadie puede poner en duda la decisión del jurado, a riesgo de confrontarlos y empeorar las cosas. Ni siquiera el declarado culpable, al que por fin dejan hablar un momento. Aunque seas más inocente que un bebé, tienes que tragártelo y suplicar piedad. ¿Dónde habré visto yo eso antes…?

En fin. Así pues, el abogado de Mario llamó a los habituales: un exprofesor y entrenador de Mario para las competencias de clavados, otro entrenador, un trabajador social de la escuela de la prisión, un cura penitenciario… Declararon el buen carácter de Mario, su actitud cooperativa, lo prometedor que era como deportista y su absoluto desconocimiento y duda de que estuviera metido en pandillas. O, al menos, más allá de lo imprescindible para sobrevivir en esos barrios de Chicago y entre los muros de la cárcel.

El fiscal llamó al sicario-detective Reynaldo Guevara y al delincuente habitual Luis Rosero: el que aseguraba que Mario lo tiroteó hasta dejarlo paralítico para robarle su coche nuevo.

Vamos a detenernos un momento con este Luis Rosero y su curiosa supervivencia.

A Luis Rosero le dispararon siete tiros con una pistola del calibre .380, también llamado “nueve corto” por su similitud con el famoso 9mm Parabellum. Y es que son muy parecidos: simplemente el .380 es dos milímetros más cortos, y por tanto tiene un poco menos de carga, que el 9mm Parabellum. Si los denominamos en sistema métrico decimal, el .380 es un 9×17 y el 9mm Para es un 9×19 de origen militar. Se consideran “primos”, con el .380 como “primo flaco” y el 9 Para como “primo fortachón.” Pero en las distancias cortas, su comportamiento está en la misma liga.

De esos siete tiros del .380, Luis Rosero se llevó cinco de frente más dos por la espalda cuando ya estaba caído en el suelo. Todas las balas le dieron en el torso, lo que evidenciaría intención de matar, no de herir disparándole a las piernas o cosas así. Un proyectil alojado en la médula espinal lo dejó paralítico y se presentó a declarar en silla de ruedas tras seis meses en el hospital con múltiples intervenciones quirúrgicas. Los dos últimos tiros en la espalda, a muy corta distancia, podrían ser tiros de gracia para rematarlo.

¿Por qué, en vez de dispararle a la espalda, no le dispararon a la cabeza? Todos los tiradores con los que he hablado, expertos y aficionados, me dicen que es la opción obvia. Hasta el más idiota sabe que dos disparos en el encéfalo casi a quemarropa son sumamente perjudiciales para la salud… Por ejemplo, según el forense, los dos de cinco perdigonazos que mataron instantáneamente a Ojos Azules siete meses antes fueron derechos a la cabeza.

Entonces, si el mismo tipo que despachó a Ojos Azules con perdigón de cazar palomas hubiera disparado de manera parecida a Luis Rosero con balas de matar personas, Luis Rosero estaría más muerto que el Neandertal. Si Mario fuera culpable y hubiera disparado a ambos de manera sólo remotamente, instintivamente similar, no habría ningún Luis Rosero para declarar. Sin embargo, ahí estaba, en su silla de ruedas, dispuesto a mandar a Mario al corredor de la muerte:

                               FISCAL

Como resultado de esa balacera, señor, ¿su médula espinal resultó seccionada?

LUIS ROSERO

Me llevé dos balas en la médula espinal. Me sacaron una pero la otra está todavía ahí dentro.

FISCAL

Y mientras el acusado le disparaba, ¿pudo verle la cara?

ROSERO

Sí.

FISCAL

   ¿Puede usted describir a las damas y caballeros del jurado —

ROSERO

(interrumpiéndolo, con ansia de describirlo)

[Sonreía.] Buum, buum, como si no estuviera haciendo nada, sólo disparar y sonreír.

Aw! Si eres jurado, seguro que una declaración así no te hace simpatizar exactamente con el tipo al que la semana pasada declaraste culpable de asesinar a otro. Si además de jurado eres partidario de la pena de muerte, y como hemos visto en esa charada no podías ser otra cosa, es muy posible que cualquier duda que pudiera quedarte se disipe. Por muy bien que hablen de él su exprofesor, su ex entrenador de clavados, el educador, el cura de la prisión o Cristo que baje del cielo, un fulano que acribilla a otro sonriendo sin mediar palabra tiene que ser necesariamente un mal bicho. Un asesino nato.

MARIO

Cuando Luis Rosero entró a la sala del juzgado, lo hizo en una silla de ruedas. El fiscal Brady empujaba la silla y lo colocó cara a cara con el jurado. Y lo primero que hizo Rosero es alzarse la camisa y exclamó en voz alta: “esto es lo que él me hizo.” Señalando a sus heridas.

El testimonio de Rosero fue lo que convenció́ al jurado que me condenarán a muerte. Después del testimonio de Rosero, Johnson me dijo: “Voy a permitirte que testifiques en tu propia defensa. Quiero que subas al estrado para que el jurado escuche tu voz y te vea de cerca, para que te vea como un ser humano y no un monstruo. Pero por favor, no quiero que comiences a decirles que eres inocente del homicidio e inocente de atentado de Luis Rosero. Si haces eso te estarías poniendo la soga al cuello porque te acaban de declarar culpable del homicidio y acaban de escuchar el testimonio de Rosero.”

Yo quería aprovechar esa oportunidad para contarles mi verdad, para decirles de mis testigos de coartada en ambos casos. Pero Johnson no me lo permitió́. Me dijo, “Sube al estrado y diles que lo sientes mucho, comienza a llorar, y pídeles perdón, misericordia, diles que si fuera posible darías tus propias piernas para que Rosero volviera a caminar. Pero por favor no te pongas a discutir con el fiscal sobre tu inocencia, Seria como mentarle la madre al jurado en sus caras. Les estarías insultando su inteligencia. Y si los haces enojar te van a condenar a muerte.”

Sólo hay unas pequeñas irregularidades, que el jurado de tenderos, enfermeras, modistos, dependientas, floristas y demás no supo ver pese a su indudable preparación jurídica. La fundamental es que Mario no había sido condenado y ni siquiera juzgado por disparar contra Luis Rosero. De hecho, jamás lo fue: ni antes, ni después, ni nunca. El fiscal, el juez y el propio abogado de Mario se pasaron la presunción de inocencia por el forro de donde tú ya sabes al admitir esta declaración. Por lo visto, era práctica común. En latitudes más civilizadas, esto le cuesta a un juez la carrera, de uno a cuatro años de cárcel y una o dos décadas de inhabilitación absoluta más una multa, por prevaricación resultando en sentencia injusta contra reo. Es el equivalente jurídico a permitir un Día del Pedófilo en las escuelas de primaria.

Es que cae por su propio peso. Piénsalo un momento: Estás acusado, pero no juzgado ni condenado por un delito. No se ha demostrado tu culpabilidad en juicio justo con las garantías adecuadas para tu defensa, vamos, que te ampara el principio esencial de presunción de inocencia propio del Derecho Occidental desde que un romano de esos antiguos dijo aquello de ei incumbit probatio qui dicit, non qui negat: la carga de la prueba recae sobre quien afirma, no sobre quien niega.

Este latinajo no sólo constituye el corazón del Derecho Penal Occidental, sino también del Método Científico desde mucho antes aún. Todo el Método Científico está construido en torno a él. Es de pura lógica: si cualquier necio puede decir cualquier necedad y el resto del mundo tiene que salir a probar su falsedad hasta el último extremo, no se podría avanzar en nada y todavía estaríamos en las cavernas. Si cualquier imbécil puede acusarte de cualquier imbecilidad y eres tú quien tiene que probar tu inocencia hasta disipar toda duda imaginable, todos estaríamos en la cárcel o muertos, incluyendo a las criaturas.

Así que el mundo funciona al revés, o sea al derecho, como es lógico: quien afirma algo tiene la obligación de demostrarlo. Quien te acusa de algo debe probarlo antes de que se pueda usar contra ti. Al permitir que Luis Rosero declarara contra Mario usando un delito que nunca fue probado, por el que nunca fue juzgado ni condenado, el juez y el tribunal al completo echaron dos mil años de civilización al excusado. Y luego jalaron de la cadena. Por lo visto esto es o era normal en Estados Unidos, pues a nadie le pareció raro ni durante, ni después, ni nunca.

Aunque no hacía falta, dio la puntilla el sicario-policía Reynaldo Guevara con lo esperable. Todo el pescado estaba vendido; ni siquiera tuvo que esforzarse. Muy en su línea, pese a no tener tampoco ninguna prueba, aseguró que Mario era un miembro hardcore de los Latin Brothers y uno de los tres shooters de la banda. Vamos, un asesino profesional. Fue una versión abreviada de la misma o parecida bola de mentiras que usó en los otros 51 casos por los que ahora lo están juzgando, como mínimo.

Al final dejaron hablar a Mario. Pero como no podía declararse inocente, y ni siquiera intentarlo para que tan docto jurado no se enfadara por llevarles la contraria, sólo pudo seguir las instrucciones de su abogado. Dijo que no era tan mal chico y prometía serlo mejor en el futuro, que con su experiencia podía ayudar a sacar a otros chavos de las pandillas, esas cosas. Además, también dijo que, si pudiera, le daría sus piernas a Luis Rosero para que lograra volver a caminar.

Casi no hace falta que te diga lo que ocurrió a continuación. Poco después el rebaño, digo el jurado condenó a muerte al mexicano Mario Flores por el asesinato de Gilbert Pérez, Ojos Azules. Torquemada no habría estado orgulloso. Acorde a los usos, leyes y costumbres de su tiempo, la Inquisición era mucho más formal a la hora de matar.

Tras semejante desastre, cualquiera diría que Mario ya lo tenía todo perdido, ¿no? Bueno, dicen que de casi todo mal sale algún bien y de una defensa tan catastrófica, la posibilidad de impugnarla. Surge aquí un héroe improbable: un añejo defensor de la casta más extraña que te puedas imaginar. Un tipo extravagante cuya fama llegaba mucho más allá de Chicago y del estado de Illinois, no exclusivamente por su habilidad ante los tribunales.

Se llamaba Julius Echeles, un fiestero, mujeriego, malhablado y peleón que nunca pisó una facultad de Derecho pero no temía ni a Dios ni al diablo. Al contrario: Dios y el diablo le temían a él, o al menos todos los jueces, fiscales e incluso abogados de Illinois. Lo mismo defendía a poderosos miembros de la Mafia que a comunidades pobres de la ciudad, a actores, músicos y desconocidos delincuentes callejeros con poco que perder. Y fue Julius Echeles quien se arremangó para salir en defensa de Mario. Te va a encantar. [En el próximo episodio]