Episodio 3

Crónica de una detención anunciada

Donde hay poca justicia es un peligro tener razón.

—Francisco de Quevedo (1580 – 1645.)

Recordemos: Chicago, años ’80. Conflictos de pandillas y policías corruptos arrasaban la ciudad. Por fiscal jefe, un siniestro cacique con oscuros vínculos: Richard M. Daley Jr., the Boss. Como presidente, Ronald Reagan, llevando a la locura las guerras contra las cosas: guerra contra las drogas, guerra contra el crimen, guerra contra todo lo que le pareciera bien, aunque fuera fría.

Hablando de fría, durante la fría madrugada del Año Nuevo de 1984, un joven ebrio que se llamaba Gilbert Pérez, “Blue Eyes”, u Ojos Azules, estrelló su Pontiac Catalina contra otro coche en el entrecruce de las avenidas North y Western. Aunque ambos vehículos quedaron destrozados, no hubo víctimas. Los ocupantes del otro coche aseguran y después juraron ante notario que Ojos Azules se fue solo, caminando por su propio pie. Unas horas después, un hombre lo encontró reventado a escopetazos en un callejón cercano: el primer crimen del año 1984.

CREDITOS DE INICIO

Sin embargo, al comenzar el juicio por este asesinato en la calurosa mañana del 13 de agosto de 1985, el fiscal abrió diciendo:

FISCAL

Señoras y señores […], pretendemos probar que Mario Flores fue el instrumento de la muerte aquella madrugada. Él es quien apretó el gatillo de la escopeta recortada que acabó tan violenta y abruptamente con la vida de Gilbert Pérez. […] Oirán de Víctor Flores los detalles de lo que pasó cuando Mario Flores manejó hasta el entrecruce de North y Western aquella madrugada [junto con otro coche] y vio el accidente […]. Escucharán de Víctor Flores cómo, con un engaño, pusieron a la víctima en el asiento delantero del coche [de Mario Flores] diciéndole que estaban afiliados con su banda. […] Oirán […] cómo lo llevaron a un callejón […] [donde] Mario Flores le reventó el cerebro por toda la calle.

 

¡No contento con [eso], le disparó cuatro veces, puede que cinco… es difícil de decir, señoras y señores!

Un momentito: si los otros implicados en el accidente juran que Gilbert Pérez se fue caminando, solo… ¡¿De dónde saca el fiscal dos coches con tres personas, incluyendo Mario Flores, que se lo llevaron con engaños para matarlo?! ¡¿De dónde, a un tipo con el mismo apellido, pero ninguna relación familiar para contar ese cuento?! ¡¿Del aire?! No.

FISCAL

También van a escuchar a otra persona. Esa persona es Nancy Lebrón. En [esa] madrugada de Año Nuevo de 1984 estaba en su departamento cerca de las avenidas North y Western. Oyó el accidente y podrá decirnos a quién vio y dónde en esa calle.

 

Y, señoras y señores, Nancy Lebrón va a contarles que ese hombre que se sienta ahí fue a la cajuela de su coche para sacar una escopeta recortada y ponerla en el asiento trasero. Y que se marcharon llevándose a Ojos Azules. Ojos Azules, señoras y señores, es un apodo de Gilbert Pérez. Ella lo conocía.

Ah. Que tenían a otra testigo: Nancy Lebrón. Bueno, Nancy Lebrón, o Nancy Negrón, o Nancy Figueroa o un montón de nombres más, porque era una delincuente habitual y ni siquiera está claro cómo se llamaba de verdad. Déjame que te adelante un patrón que emerge aquí: todas las personas que declararon contra Mario Flores, desde Víctor Flores hasta Nancy Como-se-llame-en-realidad eran delincuentes habituales. Gente que tenía cosas que pactar con policías y fiscales.

Por el contrario, quienes aseguran y podrían haber declarado que ese cuento era basura estaban limpios en su mayoría. ¿Vas captando el asunto?

Pero no adelantemos acontecimientos: déjame explicarte primero esa particular institución gringa del plea bargain. Algunos lo traducen como colaboración premiada, o delación premiada; una traducción más literal lo define mejor: regateo de declaraciones. Aunque algunos otros países se la han copiado a Estados Unidos en años recientes, es una institución premoderna que para el siglo XIX había desaparecido por completo o en parte salvo ahí al norte de Río Grande. Cuando digo premoderna, quiero decir medieval: la Inquisición, por ejemplo, usaba a menudo algo muy parecido.

En términos sencillos, un plea bargain sustituye a un juicio con todas sus garantías, pero también riesgos: admites tu culpabilidad bajo coerción y chantaje para que declares lo que te manden a cambio de una pena menor o quedar completamente en libertad. El miedo a que el juicio pueda torcerse por cualquier razón, así seas más inocente que un ángel, te hace aceptar. De lo contrario, si vas a juicio y pierdes, te caen encima con toda la artillería. Es un arreglo fraudulento que no busca esclarecer los hechos ni descubrir la verdad, sino conseguir la victoria por puntos para el fiscal y alguna otra pieza de caza. Como Mario Flores. En Estados Unidos se hacen grandes carreras legales y policiales a golpe de plea bargains por la sencilla razón de que con plea bargains la banca siempre gana. Ganar siempre, o casi siempre, es bueno para avanzar cualquier carrera.

Obviamente no se puede saber cuántos inocentes acaban declarándose culpables con un plea bargain para evitar el juicio. Pero son muchos, sobre todo cuando no tienen abogados caros que los defiendan ante jurados que los demagogos llevan con correa. Si además te amenazan con cosas como la cadena perpetua o la pena de muerte, más todavía. Es un caso palmario de dilema del prisionero donde todo invita a declararte culpable y denunciar a otras personas.

Un ejemplo, para acabar de entenderlo: imagina que la Inquisición te acusa de brujería. Muchos inquisidores eran gente culta, de la más culta de su tiempo. El famoso Torquemada, sin ir más lejos, estudió en la Universidad de Salamanca: la Harvard de su tiempo. El primer inquisidor oficial de México —entonces Nueva España— fue el arzobispo Pedro Moya de Contreras, doctor en derecho canónico y civil de la misma universidad. Tipos leídos, conscientes de que la persecución sistemática de las brujas era una innovación teológica relativamente reciente que no toda la iglesia compartía… Unido a su propia capacidad de observación y sentido común, muchos inquisidores sabían que la brujería no más un cuento de ancianas en el que algunos siguen cayendo. Unos pocos hasta dejaron escrito para sus discípulos que “bueno, bien, sí, esa es la nueva política de la empresa y toca cumplir, pero no se lo crean demasiado”.

¿Por qué? Porque tenían un orden social que mantener, una chusma analfabeta a la que apaciguar, un relato que sostener, una carrera profesional que avanzar y unos beneficios económicos que extraer. Así pues, a menudo te proponían un arreglo: vamos a olvidarnos de las torturas y la hoguera, por el momento; tú te declaras culpable y arrepentido, denuncias a los que se te ocurran o te digamos, y saldamos esto confiscándote los bienes más unos latigazos o unos años de destierro. Casi, casi para tu propia seguridad, que cuidado la chusma es muy crédula y muy bruta y te puede ir peor. Tu alternativa es regresarte otra vez a las torturas y la hoguera. ¿Te late?

El plea bargain es esencialmente lo mismo, modernizado: nos olvidamos del juicio y la pena de muerte, por el momento; tú te declaras culpable y arrepentido, denuncias a quienes se te ocurra o te digamos, y saldamos esto con unos pocos años de cárcel, una multa leve o la libertad vigilada. Tu alternativa es regresarte al juicio y tu vida en la cárcel o la pena de muerte. ¿Te late?

Y ese fue el trato que la policía y la fiscalía de Chicago ofrecieron a Víctor Flores, en último término otro chico asustado de dieciocho años de edad. Y a Sammy Ramos, de edad parecida. Y a Harry Gómez. Y a todo Cristo, incluyendo al propio Mario, en un dilema del prisionero a múltiples bandas, a ver si alguno lo rechazaba y caía. Fue Mario quien lo rechazó, quien se negó a levantar falso testimonio contra los demás. Y, acorde a la lógica perversa del dilema del prisionero, fue Mario quien cayó.

¿Que qué es esto del dilema del prisionero? Pues es un problema de la teoría de juegos que al aplicarlo en la vida real se convierte en otro juego sucio. Probablemente se les ocurrió primero a esos griegos antiguos que, entre efebo y efebo, crearon la Civilización Occidental: su literatura está plagada de este tipo de juegos. Pero con su forma y nombre moderno es cosa de dos matemáticos gringos y uno canadiense, plasmado en 1950. Permítanme que lo ilustre con un ejemplo:

Imagínate por un momento que soy tu papá y sé que o tú, o tu hermano o ambos rompieron el jarrón ese tan caro que le gustaba tanto a mamá. Mamá está furiosa: como no encuentre al culpable y lo castigue, la bronca me cae a mí. Pero no tengo pruebas y tanto tú como tu hermano niegan saber nada de lo sucedido. Lo que sí tengo es un motivo menor para castigarlos: ambos sacaron una mala nota en la escuela, con lo que puedo quitarles el celular un par de semanas.

Así que los meto en dos cuartos distintos y les hago la misma propuesta por separado: si rompió el jarrón tu hermano y me lo dices, yo me olvido de la mala nota esa; conservarás tu preciado celular. Pero, obviamente, él se quedará encerrado en su cuarto sin celular ni TV ni computadora ni videojuegos ni nada hasta que las ranas críen pelo. Y si lo hiciste tú, o lo hicieron juntos, y me lo cuentas, te quitaré el celular una temporada corta, pero eso será todo. Eso sí, como tu hermano te acuse a ti, entonces serás tú quien se pasará los próximos meses de la escuela a tu cuarto y de tu cuarto a la escuela con la misma tecnología que si viviéramos en 1919.

Ante esta tesitura, tienes tres opciones: confesar, acusar a tu hermano o seguir callando. Seguir callando es problemático porque no hay gato en casa al que echar la culpa: alguien tiene que haber roto el jarrón de mamá, y papá no piensa dejarnos salir hasta saber quién. En realidad, tienes un problema peor: como papá nos ha separado en dos cuartos distintos, no puedes adivinar qué hará tu hermano. Normalmente es leal y no raja, pero con tanta presión… ¿quién sabe? Los filósofos, matemáticos y demás expertos en teoría de juegos tienen soluciones a este problema… viéndolo desde la barrera. Si estás dentro, no hay solución obvia. Por tanto, tu tentación inmediata será inculpar a tu hermano antes de que él te inculpe a ti. Y papá sólo necesita alguien a quien castigar para satisfacer a mamá.

Yo sería un muy mal papá si hiciera esto por varios motivos: te estoy empujando declarar contra tu hermano, quizá en falso —estoy incitándote a mentir para salvar tus propias nalgas—; estoy penalizando la lealtad; y en general los estoy poniendo en una posición muy cabrona. Peor aún: existe un tercio de probabilidades de que resulte castigada la persona inocente, y un sexto de que acabe castigada la persona inocente y leal.

Pero nada de todo esto importaba a la Inquisición o importaba a la policía y la fiscalía gringas. Es más: en su forma básica, el dilema del prisionero no contempla el hecho paralelo de que así también casi siempre gana la banca. Si consigo una confesión o una delación, tuya o de tu hermano, yo quedaré bien con mamá y no tendré problemas. Lo mismo ocurre con inquisidores, policías y fiscales: tendrán otro éxito que anotarse en su carrera. Si no te importa lo que les ocurra a las víctimas del dilema del prisionero, la probabilidad de que vuelva a ganar la banca asciende a ocho de nueve. Y eso sólo con dos prisioneros. En el caso de Mario, policías y fiscales jugaron —al menos— con tres: Mario, Víctor Flores y Sammy Ramos. Con tres prisioneros, la banca puede ganar sacando una acusación o como mínimo una confesión en 26 de 27 ocasiones.

Así trucadas las cartas con plea bargains, así cargados los dados con dilemas del prisionero y ocultando ases en la manga… así el estado de Illinois comenzó la farsa llamada juicio contra el mexicano Mario Flores por el asesinato de Gilbert Pérez, Ojos Azules, en la mañana del 13 de agosto de 1985. Era pleno verano, hacía mucho calor y el fiscal bramaba:

FISCAL

Señoras y señores […], oirían de Víctor Flores cómo […] lo llevaron a un callejón […] [donde] Mario Flores le reventó el cerebro por toda la calle.

¡No contento con [eso], le disparó cuatro veces, puede que cinco… es difícil decir, señoras y señores!

Una cosita, antes de eso, a puerta cerrada, la acusación y la defensa habían elegido al jurado. Como siempre en delitos que pueden costarte la pena de muerte, el juez excluyó de entrada a cualquier candidato que se declarara opuesto a la pena de muerte. Es una práctica habitual que, inevitablemente, excluye a los jurados más compasivos a favor de otros más duros: el primer as en la manga de los muchos con que cuenta la acusación.

Después del fiscal habló el abogado de Mario, diciendo lo típico: que tenía derecho a un juicio justo y a la presunción de inocencia. Es decir, que la fiscalía debía demostrar su culpabilidad en el asesinato de Ojos Azules, no al revés. Y que podía ocurrir que los testigos se confundieran o mintieran. Aunque habló casi diez minutos, realmente no dijo mucho más. Puede que realmente pensara que era un caso fácil. La fiscalía no tenía ninguna prueba material. Ni siquiera el arma del crimen. Sólo unos testimonios y unos casquillos. En aquellos tiempos, de los casquillos de una escopeta no se podía extraer gran cosa. Las escopetas no dejan tantas marcas características como otras armas de fuego; hacen falta tecnologías que entonces no existían para sacarles el jugo. De hecho, el tema los casquillos sólo salió de pasada en el juicio.

Tras un receso llamaron a declarar a la madre del muerto, que se llamaba Anna Rodríguez. Tuvieron que ponerle un intérprete porque apenas hablaba inglés. Sólo pudo contar que lo vio por última vez saliendo de casa a las 00:30 y que en ese momento no iba borracho. Luego declararon el hombre que se encontró el cadáver a las 06:50 y el policía que acudió. Contaron lo obvio: que se hallaron a Ojos Azules reventado en el callejón. Tanto el fiscal como el abogado se limitaron a hacerles preguntas técnicas: ¿Vio usted un muerto? ¿El muerto que vio es el mismo que sale en esta foto? Ese tipo de cosas.

Antes del lunch subió al estrado el primer detective que se encargó del caso, un tal Lawrence Poli.   Al principio, el interrogatorio del fiscal fue también técnico y el del abogado también. El detective Poli confirmó que encontraron cinco cartuchos de escopeta del calibre 12 disparados, que el muerto pertenecía a una pandilla llamada los Latin Stylers, que conservaba su billetera, unos anillos y otros objetos personales. Pero, justo antes de acabar, el abogado de Mario le hizo una pregunta: si el cadáver permanecía tibio pese a que aquella noche hicieron –7ºC. El detective dijo que sí.

Al fiscal le faltó tiempo para dejar claro que, aunque el cuerpo en general siguiera cálido, otras partes estaban congeladas. Todo su caso se basaba en que Mario y sus amigos mataron a Ojos Azules poco después del accidente de tráfico que ocurrió a las 02:33 a.m. según el reporte de policía. Un cuerpo reventado debería haberse enfriado de prisa, pero el abogado de Mario lo dejó estar así. Después se fueron todos a comer.

Antes de que se reanudara el juicio ocurrieron dos cosas importantes, que ni el jurado ni el público pudieron ver. La primera fue que el abogado de Mario pidió incluir como testigos a dos mujeres llamadas Mayra Álvarez y Lucy Jiménez. Durante el almuerzo, Mayra y Lucy escucharon a un fiscal amenazando al testigo esencial de la acusación: Sammy Ramos con un año adicional de cárcel si no declaraba.

Vamos a detenernos un instante en esto, porque es esencial. Vladimir Ramos, apodado Sammy, era un amigo de Mario procesado por asaltar y robar los collares a pandilleros rivales. De hecho, al principio la policía lo consideró el sospechoso principal del asesinato de Ojos Azules por esos antecedentes. Sabemos que fue una de las personas a las que la fiscalía ofreció un plea bargain inquisitorial de esos por declarar contra Mario; una declaración bastante delirante, como ya veremos, pero declaración, al fin y al cabo. A cambio, le propusieron saldar todos sus líos pendientes con sólo ocho años de cárcel, una sentencia comparativamente leve. Y Mayra y Lucy oyeron a un fiscal intimidándolo para que cumpliera su parte y testificara contra Mario, como si Sammy no estuviera nada convencido. Como si tuviera dudas de lo que iba a hacer, pese a los beneficios que le iba a reportar. Recuerda este dato y sigamos.

El juicio se reanudó a las 13:30 y el primer testigo de la tarde fue el policía Reynaldo Guevara, que se encargó finalmente de la muerte de Ojos Azules. Quizá lo recuerdes del episodio anterior: un sicario con placa al servicio de gente importante que siguen protegiéndolo mientras se defiende con el silencio de decenas de casos como el de Mario. Protegiéndolo significa, por ejemplo, que durante los últimos quince años la ciudad de Chicago ha pagado 213 millones de dólares en abogados para defenderlo a él y otros muchos como él: más del doble que el presupuesto de la agencia creada por necesidad para detener estas corruptelas policiales. A lo mejor recuerdas también que su superior inmediato Joe Miedzianowski es un narcotraficante condenado.

En realidad, todo el Departamento de Policía de Chicago era un pozo de mierda pestilente, brutal y corrupta hasta la médula. Eso sí, santificada por el fiscal jefe Richard M. Daley Jr., ese al que llamaban the Boss. Si no tenían un sospechoso, lo creaban. Reynaldo Guevara es el más notorio de todos ellos. Entre sus hazañas se cuenta manipular e intimidar a un chavito de 12 años para que “reconociera” a un imputado al que el pobre niño no había visto en su vida.

Todo ello con la connivencia interesada de la fiscalía del condado de Cook, o sea Chicago, que miraba para otro lado cuando no coaccionaba también a los testigos. Como a Sammy Ramos. Se trataba de conseguir condenas y avanzar carreras a cualquier costo, arruinando la vida a quien tocara. Decenas de condenados por las malas artes de Reynaldo Guevara y la fiscalía de Chicago han visto sus sentencias anuladas y han quedado libres en años recientes. Ese fue el Reynaldo Guevara que se sentó ampulosamente en el estrado a primera hora de la tarde del 13 de agosto de 1985 para acabar con Mario Flores. Seguía haciendo mucho calor.

Reynaldo Guevara declaró, en primer lugar, que se vio implicado en el caso cuando recibió una supuesta llamada anónima un día después de que mataran a Ojos Azules: o sea, en la tarde del 2 de enero de 1984. Dijo que quien llamó resultó ser una delincuente habitual llamada Nancy Lebrón, residente en la esquina donde Ojos Azules chocó con otro coche en la madrugada de Año Nuevo. A continuación, hiló una telaraña según la cual, tras el accidente, Lebrón habría visto a Mario acudir con el Buick Regal de su hermana y dos cómplices para llevarse a Ojos Azules y matarlo… pese a que los ocupantes del coche con el que chocó no vieron nada de eso.

Es una declaración muy larga y detallada pero extraña, confusa, llena de idas y venidas. Parece ideada para impresionar al jurado con sus indudables conocimientos sobre las bandas que plagaban Chicago y sus enemistades, pero a la hora de entrar en materia es todo muy raro. Supuestamente Nancy Lebrón lo llama al día siguiente de la muerte de Ojos Azules sin identificarse, pero él la reconoce en la calle y habla con ella poco después. Es entonces cuando le cuenta la historia de los coches que se llevaron al difunto, pero da una placa que no corresponde al Buick Regal de la hermana de Mario. Luego Lebrón no da señales de vida hasta que se presenta en comisaría por las buenas… once meses más tarde, con las placas del Buick Regal y reconociendo a Víctor Flores, Sammy Ramos y Mario Flores de unas carpetas con fotos de sospechosos. Once meses más tarde.

Reynaldo Guevara relata por encima cómo detuvieron a Mario y registraron su casa; por supuesto, sin mencionar los golpes a su hermana Graciela que la mandaron al hospital ni la paliza a la pequeña, Anita, de trece años. Admite que en el registro de la casa no hallaron nada de especial interés más que una chamarra verde. Al final, de las 35 páginas que ocupa su declaración en las actas del juicio, todo se reduce a que Nancy Lebrón vio a tres tipos llevarse al próximo difunto con dos coches, uno de ellos el de la hermana de Mario. Y que Lebrón identificó a Mario y Sammy ante la policía. Eso es todo. No hay más.

La siguiente en declarar fue Nancy Lebrón, que pidió intérprete, aunque chapurreaba inglés. Tan solo repitió para el jurado lo dicho presuntamente a Reynaldo Guevara, añadiendo el detalle de que además vio una escopeta en posesión de Mario y que algunos de ellos llevaban chamarras verdes de una banda. Es otra declaración larguísima. Junto con la del sicario-policía, suman 62 páginas. Pero tras tanta saliva plasmada en papel, al final todo puede resumirse en una sola oración: Nancy Lebrón dijo que Mario y dos cómplices se llevaron a Ojos Azules tras el accidente en el entrecruce de las avenidas North y Western.

Eso es todo: una declaración de una delincuente habitual con muchas cosas que pactar con la policía.

Ni una sola prueba material. Ni un solo hecho fehaciente. Ni una mención a los otros implicados en el accidente, que no vieron nada de eso sino a Ojos Azules largarse, todavía borracho, de su propio pie. Nunca nadie habló de ellos en el juicio. Nadie intentó ponerse en contacto con ellos. Nadie: ni siquiera el abogado de Mario.  

La penúltima declaración del día fue de otro policía que básicamente ratificó lo anterior: Nancy Lebrón dijo esto e identificó a estos. Malgastaron trece páginas de saliva y papel para no decir nada más. Bueno, sí, que en el registro de casa de Mario encontraron esa chamarra parecida a las que usaban las bandas. Y ya.

Entonces llegó el momento de testificar para Vladimir Ramos, Sammy. El mismo Sammy que Nancy Lebrón identificó como uno de los que se llevaron al difunto Ojos Azules. El amigo y cómplice de Mario en el robo de autopartes. El testigo al que Mayra Álvarez y Lucy Jiménez oyeron intimidar para asegurarse de que declarara contra Mario. Entonces ocurrió algo asombroso. Sammy Ramos se sentó en el estrado. Como es costumbre, el juez empezó preguntándole su nombre; un formalismo habitual:

JUEZ

Por favor, diga su nombre y deletree su apellido para el secretario judicial.

SAMMY

Me acojo a la Quinta Enmienda.

JUEZ

¿Qué quiere decir? ¿Se acoge a la Quinta Enmienda para [no decir] su nombre?

SAMMY

Sí. Me acojo a la quinta enmienda.

Ah la Quinta Enmienda, esa a la que ahora se acoge constantemente el sicario-policía Reynaldo Guevara, incluye el derecho a no declarar contra sí mismo. En un caso como este, puede ser un formalismo para no declarar nada en absoluto. Al final, pese a todos los plea bargains y dilemas del prisionero y demás trampas de fiscales, policías y otros inquisidores, parecía que Sammy Ramos no quería declarar.

A continuación, ocurre algo más extraordinario aún: en vez de tomar nota, el juez monta en cólera, lo coacciona y lo intimida. El juez. No el fiscal, ni la policía: el juez. Cada vez más fuera de sí.

JUEZ

¡Le diré lo que voy a hacer: voy a posponer esto hasta mañana y tenga un abogado! ¡Si no habla… voy a decirle algo ahora: van a caerle sentencias consecutivas sobre lo que sea que esté haciendo, ¿entiende eso?! ¡¡¡¿Lo entiende?!!!

SAMMY

Sí.

JUEZ

Voy a posponerlo hasta mañana por la mañana. Se lo aviso: si quiere pasarse de listo, puede pasarse de listo. ¡Voy a decirle algo ahora… le caerán los cops, ¿entiende?! ¡Todo lo que quiero es que diga la verdad, y si no lo hace, va a tener problemas! Ahora, ¿me entiende? ¡¿Me entiende?!

Sammy, un chavo asustado al fin y a la postre, pide abogado. El juez le pregunta de malos modos qué abogado. Sammy responde que su abogado es… Michael Johnson, el defensor de Mario. Sí. Como lo oyes. Michael Johnson era abogado de Mario, de Sammy y… de Harry. al parecer, fue el propio Johnson quien sugirió a Sammy que se acogiera a la Quinta Enmienda. Agresivo, el juez le contesta que Michael Johnson no puede ser porque supondría un conflicto de interés. Si quiere un abogado rápido, tendrá que ser uno de oficio.

Ahora, recuerda una cosa: Sammy Ramos es aquí un testigo. No es un acusado, aunque pueda tener historial delictivo o implicación en los hechos. Es un testigo, llamado a declarar como testigo. El juez James M. Bailey, de la División Penal de los Tribunales del Circuito del Condado de Cook, o sea Chicago, está intimidando y amenazando gravemente a un testigo con modos vulgares por negarse a declarar. Un juez que, por cierto, sabe que miembros del equipo fiscal ya estuvieron apretando las tuercas al mismo testigo por la misma razón esa misma mañana.

Y así acabó el primer día del juicio contra Mario Flores: con la acusación de una delincuente habitual pastoreada por un policía infame, un dignísimo juez presuntamente imparcial coaccionando cual padrote a un testigo fundamental para obligarlo a declarar contra él y absolutamente nada más.

Aprovechando que todo el mundo se ha ido a casa hasta mañana, merece la pena detenernos aquí un momento con el abogado de Mario, Michael Johnson. A lo largo de todo el juicio veremos cómo su incompetencia rayó en lo criminal… o lo sospechoso. Tanto es así, que incluso hubo una vista previa a la apelación centrada en su actitud y capacidad profesional, donde salió bien parado con una decisión judicial que sorprendió a todos. Luego la veremos. Por lo visto, hoy en día se le considera un buen defensor.

Michael Johnson no fue el primer abogado de Mario. Su primer abogado fue Howard Gilman, un veterano penalista que su familia se gastó una lana en contratar. Pero Gilman murió siete meses antes del juicio. Heredó el caso Johnson, en ese momento un joven abogado que trabajaba en su bufete. Tuvo tiempo de sobras, todos esos meses, para preparar el caso. Sin embargo, su defensa de Mario parece un manual de cómo no defender a un acusado, lleno de vaguedades, ausencias y una actitud totalmente ovejuna respecto a la fiscalía.

Se dice a veces que la función de un fiscal es destrozar al acusado y la función de un defensor es destrozar al fiscal, o al menos su caso. El fiscal destrozó a Mario con cuatro hilos mal tejidos. El abogado Michael Johnson no hizo ningún intento de destrozar al fiscal y apenas planteó algunas tímidas objeciones a su caso.  Luego se dijo que esto formaba parte de una estrategia, aunque fallara. Si eso fue una estrategia, entonces Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón, o sea, el Generalísimo Santa Anna debía ser un genio militar.

Michael Johnson no llamó a declarar a testigos que él mismo había citado. Michael Johnson no intentó contactar con los otros implicados en el accidente de tráfico, que vieron al inminente finado Ojos Azules marcharse solo a pie contra lo que declaró la delincuente habitual Nancy Lebrón. Michael Johnson no citó a declarar a los hijos del capitán de la policía de Chicago Neil Francis para desmontar la historia de otro delincuente habitual, Luis Rosero, que como ahora veremos fue decisiva para condenar a muerte a Mario.

Básicamente Michael Johnson se limitó a cubrir el expediente, y la fiscalía ganó el partido por goleada por incomparecencia del oponente a todos los efectos.

Más llamativo aún: como acabamos de ver, Michael Johnson era también el abogado de Sammy Ramos. El mismo Sammy Ramos que alcanzó un acuerdo con la fiscalía. El mismo Sammy Ramos que fue intimidado por un fiscal para que lo cumpliera, como pareció querer denunciar Johnson citando a las testigos Mayra Álvarez y Lucy Jiménez… aunque luego no las llamara a declarar. Es, por tanto, imposible que el abogado Michael Johnson desconociera este arreglo y esta coacción. Tampoco lo usó en el juicio y ni siquiera lo mencionó. ¿A qué te suena esto a ti? Porque a mí me suena que las personas que se suponían que le deberían ser leales, le dieron la espalda en los momentos en que más los necesitaba. Amigos de infancia, del barrio, de aventurillas adolescentes sucumbieron de manera tajante y atroz, mintiendo bajo juramento enfrente del acusado y amigo Mario Flores. Como Víctor Flores, su gran amigo y el que acabó mandándolo al paredón, literalmente, mirándolo desde el estrado y sin mirar atrás. Eso en el próximo episodio.