Episodio 2

El sueño de la pesadilla americana

Tengo yo 19 años, no sé por qué me tienen detenido, le pregunté a los oficiales por qué me estaban deteniendo y me dijeron “cállate la boca” … De ahí me escoltan a un cuartito, la mitad o menos de la mitad de este cuarto… diría [que] un cuarto de este cuarto… yo, sin saberlo, va a ser de la misma medida en la que voy a pasar 20 años de mi vida en el corredor de la muerte.

Y en ese cuartito había una mesita con una hoja… con texto ya en esa hoja. Y había un bolígrafo. Y el policía Reynaldo Guevara entra, pone sus manos sobre la mesita y la hoja y el bolígrafo y me dice…

…y el policía Guevara me dice: “Lo podemos hacer de una manera fácil o difícil, Mario. Aquí está esta confesión: si la firmas, te aseguro que va a ir mucho mejor de lo que te esperas. Ya te tenemos por homicidio; por el homicidio de Blue Eyes —Gilbert Pérez. Si te quieres poner guapo y negarlo, te va a tocar una madriza que ni te la imaginas; o lo firmas y te salvas de la silla eléctrica.”

Y cuando leí el contenido de esa hoja, era justamente: “Yo, Mario Flores, el 1º de enero de 1984, junto con Víctor Flores, Sammy Ramos y Harry Gómez, juntos matamos a Gilbert ‘Blue Eyes’ Pérez.” Y eso era, básicamente, la declaración que estaba en esa hoja. Y yo, inmediatamente, al leer eso le dije a Guevara que yo no sabía nada de ese homicidio, no conocía a un Gilbert ‘Blue Eyes’ Pérez, no estaba con Víctor, o Sammy, o Harry… o al mínimo no recuerdo si estaba con Víctor o Sammy después de la media noche. No lo recordaba porque recuerda, hace un año, son las tres de la madrugada, lo único que quiero es dormir… y a raíz de esa respuesta, llega el primer de diez cachetadones y patadas de Reynaldo Guevara.

A veces nos sale una fuerza del interior que tú mismo no te la esperabas. Pero estos policías no te dan respeto; sólo miedo. Y ahí a veces te sale una fortaleza rara… de tus más fueros de adentro. Tampoco me torturaron en serio o gravemente; como lo hicieron con otros pobres desgraciados. Ni siquiera para eso estos policías pudieron ser profesionales. Sólo fueron brutales; son matones con placa.

El primer cachetadón que me dio Reynaldo Guevara fue determinante. ¿Por qué? Porque me va a sacar una fuerza interior que me va a convertir en uno de los grandes guerreros de esta historia, porque era un llamado a una lucha contra la injusticia: voy a sacar mi mejor guerrero por dentro para luchar.

Ese guerrero, fue el que me mantuvo cuerdo y sano porque después de esas diez cachetadas y patadas llegaron otros policías —güeros, con ojos azules, ¡con pelo amarillo como de oro fino! —… y esos cabrones sí empezaron a putearme como si fuera yo un hijo que acababa de cometer una pinche atrocidad. [Pero] yo veía cómo les dolía a ellos pegarme a mí; les vi en sus ojos esa… reluctance

MARIO

Negación de querer pegar. Sabían que no le estaban pegando a un homicida. Sin embargo, querían esta firma en esta hoja. Y, te confieso que, para mi fortuna, por tener esa mentalidad tan fuerte y poder tolerar todas esas madrizas, palizas de estos policías —varios: eran 3—, pasó rápidamente el tiempo. No me dejaban ir a hacer del baño, ya me estaba yo meando, con tanta putiza, pues… por pura fortuna, por voluntad interna no me meé. Pero les dije: “Si no me dejan ir a mear, me meo aquí.” Y me dijeron: “Si te meas y ensucias nuestro cuarto de interrogación, te toca otra madriza.” Y me tuve que aguantar.

Créditos de Inicio

Para que sepas toda la verdad, hay otro hecho que debes conocer: no era la primera vez que acusaban a Mario Flores de disparar a otra persona. En la misma zona de Chicago había un traficante de autopartes y refacciones robadas que tenía tratos y supuestamente amistad con Mario: un tal Luis Rosero. El 5 de agosto de 1984, siete meses después de que asesinaran a Gilbert Pérez y tres antes de que detuvieran a Mario por matarlo, alguien metió siete tiros de 9 mm al traficante Luis Rosero entre pecho y espalda. Sorprendentemente sobrevivió, pero una bala alojada en la médula espinal lo dejó paralítico.

Tras acusar a otras personas, Luis Rosero acabó afirmando que le disparó Mario. Con crueldad, “mientras sonreía”, sin más motivo claro que una pequeña deuda pendiente. Obsta decir que Rosero, por sus negocios delictivos como traficante, también tenía cosas que pactar con policías y fiscales. Al principio esta no coló porque Mario tenía una coartada sólida como el acero: resulta que, en esos momentos, estaba ni más ni menos que en casa de… Neil Francis, un capitán del Departamento de Policía de Chicago. Ya te digo que Mario trataba con todo el mundo. Supongo que, a ojos de tan sagaces sabuesos, eso debía convertirlo también en “afiliado con” la pandilla del Departamento de Policía de Chicago. Pero no, Mario nunca cayó tan bajo.

Resulta que Mario y los hijos del capitán de la policía de Chicago iban al día siguiente a una competencia de clavados y decidieron que Mario durmiera en casa del capitán para salir todos juntos, temprano. Un sleep-over habitual de adolescentes en el que testificó el propio hijo del policía. Así que cuando acusaron a Mario de disparar a Luis Rosero, el juez Thomas Rakowski lo vio tan poco claro que, pese al intento de la fiscal [Patricia Bender] de que le impusieran una fianza de 50,000 dólares, lo dejó libre con 2,000. Nunca fue juzgado por este presunto delito.

Atención otra vez: Mario Flores nunca fue juzgado, y mucho menos condenado, por disparar contra Luis Rosero. Sin embargo, durante la audiencia para sentenciarlo por el asesinato de Gilbert Pérez, la fiscalía llamó a Rosero como testigo lastimero para demostrar que Mario era un asesino cruel, un peligro para la sociedad que no merecía seguir viviendo. El jurado, que siempre son legos pastoreados por demagogos expertos en oratoria y leyes, se lo tragó con anzuelo, plomada y sedal. Puede que, para los fiscales que acusaron a Mario Flores, el caso de Luis Rosero fuera decisivo para condenarlo a muerte. Pese a no haber sido juzgado. Pese a no haber sido condenado. ¿Qué tal?

MARIO

Me llevan a los separos porque ya saben que no voy a firmar esa confesión. Y antes de llevarme a los separos entra un fiscal que se llama Lynch. Recuerdo “Lynch” porque en Estados Unidos linchar a alguien es crucificarlo… particularmente si eres negro, ni digas esa palabra. Entonces el procurador, el fiscal llega diciendo: “Me llamo Jeremiah Lynch y vengo a escuchar tu verdad. [Dices que] no cometiste este delito, ¿cuál es tu verdad?”

Lo podrás ver, [en] ese documento que firmé esa noche después de la madriza, después de lo que les hicieron a mis hermanas; Porque mi hermana… ya los gritos de mi hermana Graciela eran tan fuertes, porque tenía el brazo roto. Nunca supe qué les habían hecho hasta años después, que leí la demanda civil. Hasta ese momento, proclamé mi inocencia. Dije que no tenía nada que ver con el homicidio de Gilberto ‘Blue Eyes’ Pérez, que estaba en la casa con mi familia y una familia amiga de mi familia celebrando el Año Nuevo.

Más de 19 horas. Me detuvieron a las dos y media de la madrugada y no me soltaron hasta el siguiente día, que era un sábado, ¿cuánto sería […]Tres de la mañana, me tienen detenido. Ya está toda la tortura… es el viernes, sábado en la madrugada; dos y media de la madrugada. El sábado a las ocho y media de la noche es cuando me sacan del cuarto de interrogación para llevarme a un encaramiento, un line up, lo que le llaman allá. Y ahí es donde veo a Víctor, [que] también está madreado, descabellado, y por pura casualidad en esa fila de sospechosos —son 6 sospechosos— veo a Sammy Ramos. [Le digo:] “Güey, ¿qué estás haciendo aquí?” Y Sammy me dice: “No lo sé”, y no nos dejan hablar los policías: “ni hablen.”

Entonces, ya después de eso, de ese encaramiento —el line up— me regresan al cuarto de interrogación y creo que a partir de ese momento entra el fiscal [?] para tomar mi versión de los hechos. Después de esa versión, que tiene fecha y tiempo, de ahí ya me van a llevar a otra celda, en esa otra celda estoy solo y unos minutos, o tal vez una hora después, llega uno de los custodios —es un policía, pero con uniforme y su pistola y su walkie talkie— y me abre la celda y me dice: “Tienes el derecho a una llamada.”

Adivina a quién le voy a llamar yo utilizando mi primera y única llamada: Le voy a llamar a Sammy Ramos para que me recomiende un abogado. Y Sammy Ramos acepta la llamada por cobrar y me dice: “Mejor habla con Óscar Burgos”, que era el jefe de la pandilla de los Latin Brothers, y él tiene un buen abogado penalista. Pero nunca en ese momento sospeché que Sammy Ramos ya estaba colaborando con la policía y la fiscalía.

Michael Johnson, el abogado de Mario repitió decenas de veces a su familia y a él que tenían un caso ganador, “easy case”; y que no necesitaba sus declaraciones donde dirían, que Mario permaneció en casa toda la noche, en que mataron a Gilbert Pérez, Ojos Azules. Y que families don’t make good alibies, o sea que familias no dan buenas coartadas, porque que jueces y jurados consideran por sistema que mentirán para proteger a su pariente. Aunque alguno no lo hiciera, ya está ahí el fiscal para adoctrinarlo convenientemente.

Así que voy a presentarte ahora a unos malos ya más malos que el vulgar sicario-detective Reynaldo Guevara o su sargento narcotraficante: la fiscalía del condado de Cook, Illinois, lo que es decir la fiscalía de Chicago. Con 5.2 millones de habitantes, el condado de Cook está prácticamente cubierto por el área metropolitana de Chicago. Y casi lo estaba en 1984 también. No es un condaducho olvidado de la mano de Dios. Vive más gente ahí que en los estados de Alabama o Carolina del Sur; sólo un poco menos que en Minnesota o Colorado. En un solo condado. Casi-casi podríamos decir que el condado de Cook es Chicago, la tercera ciudad de Estados Unidos, sólo detrás de Nueva York y Los Ángeles. No estamos hablando, pues, de sheriffs del pistolón, jueces del Wild West, fiscaluchos del final de las rebajas y jurados semianalfabetos.

O quizá sí, pero los jueces, fiscales y jefes policiales del condado de Cook, de la ciudad de Chicago, son sin duda gente poderosa, respetada e influyente. Gente con muchos contactos. Gente que sabe mucho de muchos. Gente a la que el sistema desea proteger. Cuando investigaron y arrestaron a Mario, la fiscalía del condado de Cook estaba dirigida por el intocable Richard M. Daley Jr., que luego sería alcalde de Chicago durante 22 años. Igual que a su padre, el senior, a Daley Jr. lo apodaban the Boss. Y no era porque alguno de los dos se pareciera a Bruce Springsteen. Era por dominar una poderosa máquina política, una red caciquil y clientelar que les aseguraba ganar una elección tras otra.

Y también por sus presuntos vínculos con la mafia, nunca totalmente demostrados, nunca totalmente desmontados. Pero en 1982 ya dejó claro por dónde iban sus querencias. Ese año el director del hospital penitenciario del condado presentó una queja al superintendente de la policía por torturas a un detenido. El superintendente la remitió al fiscal jefe Daley, the Boss. ¿Cómo sería la cosa para que, acostumbrados a los brutales métodos de la policía de Chicago, ambos cumplieran con su deber? The Boss no sólo no dio curso a la queja, sino que ni respondió. El detenido fue condenado únicamente sólo por esta confesión obtenida bajo tortura; y ya sabrás que bajo tortura confiesas hasta que tú mataste al Gollum. Un tribunal superior lo exoneró años después porque no tenían absolutamente nada más contra él.

Mientras the Boss Daley fue fiscal del condado de Cook y luego alcalde de Chicago —31 años en total—, fue uña y carne con su policía corrupta, violenta y mafiosa burlándose continuamente de toda ética, justicia y Ley. Otro dato curioso: cuatro de los últimos gobernadores del estado de Illinois acabaron a la cárcel. Otto Kerner, Dan Walker, Rod Blagojevich y George Ryan, quien paradójicamente fue el que liberó a Mario.

El tercer gran malvado de esta historia inevitablemente de buenos y malos es mucho más colectivo y mucho más serio: un régimen encantado de declarar guerras contra las cosas. Guerras que no pueden acabar nunca, crean magníficas carreras profesionales, dejan fortunas inmensas y sirven igual para un roto que para un descocido. La guerra contra el terrorismo. La guerra contra el crimen. La guerra contra las drogas. Frases que, si las estudias a profundidad, significan bien poco; pero a las que siempre se puede embutir otro billón de dólares más, otra generación de políticos más, otro millón de carreras más, otra intervención militar o policial más.

No es ningún secreto que, además, en muchos lugares las políticas de dureza ganan elecciones. Una parte significativa del electorado estadounidense te prefiere medieval. Los derechos humanos, las garantías procesales o la proporcionalidad de las penas y su función rehabilitadora son para ellos buenísimo y politi-correctismo, o comunismos, o cosas así.

El resultado es conocido por todos: guerras permanentes; algunos de los peores datos de consumo de drogas del Primer Mundo —primeros en opiáceos; cuartos en cocaína— y el récord primer-mundial de crímenes violentos. Incluso en los últimos años, en los que la violencia ha mejorado un poco —coincidiendo con un cierto ablandamiento, ¡qué casualidad! — Estados Unidos tiene más homicidios intencionales que Angola, Kirguizistán o Líbano, un país virtualmente en guerra. Un 13% más que Lituania, el país más violento con diferencia de la Unión Europea. Un 60% más que Moldavia, el país más pobre de Europa. Cuatro veces más crímenes que en Francia, el Reino Unido, Dinamarca o Suecia. Cinco veces más que en Alemania. Siete veces más que en España. Diez veces más que en Noruega, con una policía, una judicatura y unas prisiones tan civilizadotas que a algunos les parecen una especie de chiste progre.

En el mundo real, las durezas sólo sirven para empeorar las cosas. Pero en el mundo real les da igual: forman parte de una determinada visión del mundo, de unas opiniones políticas, incluso de una cierta identidad nacional: el mito de la frontera, la responsabilidad individual y tal. En algunos casos, incluso religiosa: el pecado y la culpa, el crimen y el castigo entendido en términos bíblicos, ya saben de qué les hablo. El caso es que en los años ’80 de Mario Flores los Estados Unidos se hundían en una espiral de violencia sin fin. Un círculo vicioso de pandillas y durezas, de policías y delincuentes brutales, de pobreza, racismo, clasismo y desigualdad generacional se comía ciudades como su Chicago.

Había llegado al poder el republicano Ronald Reagan. Lo escuchamos al principio. Prometió —entre otras cosas— ser más duro que los más duros. Y cumplió, declarando una especie de guerra contra el crimen cuya estrategia quedó bien resumida en la consigna, todavía muy popular: lock’em up and throw away the key. “Enciérrenlos y tiren la llave”, sin perder mucho tiempo mirando el pelaje. Y si en el proceso liquidamos a unos cuantos, mejor. ¿Prevención? Buenísimos de bobos. ¿Derechos, garantías, rehabilitación? Tonterías políticamente correctas. ¿Lucha contra las causas? Welfare peligrosamente rojillas. Mucho mejor dedicar billones a policías, fiscalías, tribunales, cárceles, sentencias ejemplarizantes, corredores de la muerte y mazmorras de ejecución. Mucho mejor Harry el Sucio. Dónde va a parar. No es fascismo si lo hacemos nosotros. Qué sabrán de fascismo esos europeos blandengues.

Los Marios Flores de Estados Unidos no eran realmente conscientes de que les habían declarado la guerra. De que o eran objetivos o eran daños colaterales aceptables. Fuera o dentro de Estados Unidos, los daños colaterales siempre son aceptables si los causamos nosotros. O our bastards, nuestros hijos de puta, parafraseando a Roosevelt, Truman o Nixon. De hecho, el dicho “puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta” se atribuye a esos tres presidentes.

Las guerras son caras y los Estados Unidos, que han librado muchas, lo saben bien. Se asignaron grandes presupuestos. Muchos políticos, tanto republicanos como demócratas, saltaron cual resorte por ellos. Entre estos últimos estaba el alcalde de Chicago, por aquel entonces el primer africanoamericano en llegar a alcalde de una gran ciudad americana. Con el peligroso fiscal the Boss a su lado, dijo que podía hacer más para parar la violencia en la ciudad, pero necesitaba recursos.

El alcalde instruyó a sus inquietantes policías. The Boss Daley, a sus serviles fiscales. Resumiéndolo a lo fácil, las instrucciones no eran muy complicadas: todo vale mientras se lo podamos colar a un juez; y tranquilos, que son colegas. Especialmente si los objetivos o los daños colaterales son negros, latinos y algo de basura blanca pobre. Establecidos así los objetivos, aprobados los presupuestos y declaradas las reglas de enfrentamiento, comenzó la guerra.

Puede que pienses que exagero, y sería normal. Con la cabronada que le hicieron a Mario es lógico que me oigas enojado y que sientas que lo quiero vindicar. Se supone que a grandes rasgos la justicia estadounidense funciona y todo eso que nos enseñan en las películas, series y demás, ¿no?

Bueno, pues no. Después de estudiarlo, resulta que el caso de Mario no es único y ni siquiera es muy raro. Estados Unidos está plagado de gente condenada a mayor gloria de jueces, fiscales, policías y políticos, con métodos que ponen los pelos de punta. Métodos como el de apalear a tus hermanitas y amenazarte con hacer que las violen, aunque una tenga 13 años. Y peores. Lo vamos a ver en el próximo episodio y te aviso: te dará el mismo escalofrío que me dio a mí.