Episodio 1

To kill a pinche mexicano.

MARIO

[…] el policía Guevara me dice: “Lo podemos hacer de una manera fácil o difícil, Mario. Aquí está esta confesión: Ya te tenemos por homicidio; por el homicidio de Blue Eyes —Gilbert Pérez. Si te quieres poner guapo y negarlo, te va a tocar una madriza que ni te la imaginas; o lo firmas y te salvas de la silla eléctrica.”

 […] le dije a Guevara que yo no sabía nada de ese homicidio, no conocía a un Gilbert ‘Blue Eyes’ Pérez  y a raíz de esa respuesta, llega el primer de diez cachetadones y patadas de Reynaldo Guevara. después de esas diez cachetadas y patadas llegaron otros policías  y esos cabrones sí empezaron a putearme como si fuera yo un hijo que acababa de cometer una pinche atrocidad.

NARRADOR

Chicago, madrugada del sábado 11 de noviembre de 1984.Investigaban —es un decir— el primer asesinato del año. Y ya tenían un culpable. Fuera inocente o culpable, ya tenían un culpable.

MARIO

[…] escucho los gritos de una joven latina  ¡…conozco esos gritos! Guevara la mete al cuarto de interrogación, ahí donde estoy yo, junto con Anita; las dos llorando, esposadas, desgreñadas, con la cara roja de las cachetadas que les daban […]

NARRADOR

Anita tenía 13 años.

MARIO

[…] y Graciela solamente se quejaba, porque la esposaron y se quejaba [de] que tenía el hombro roto.

NARRADOR

Graciela, 21, eran las hermanas del mexicano en Chicago Mario Flores Urbán.

MARIO

Y Guevara, de malicia, me dice: “Mario: si no firmas este documento, esta confesión, a tus hermanas las voy a mandar a la cárcel y sabes, Mario, muy bien lo que los negritos le van a hacer a tus hermanas en esa cárcel.”

El 14 de septiembre de 1986, el mexicano Mario Flores tenía 21 años y estaba en el corredor de la muerte de una prisión de Illinois. Mientras, el presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan decía:

[Doblado al español sobre el audio original:]

“Esta noche puedo decirles que hemos progresado mucho. 37 agencias federales están trabajando juntas en un vigoroso esfuerzo nacional. Hemos aumentado los decomisos de drogas ilegales. Sólo el año pasado más de 10,000 criminales de la droga fueron condenados”

Era, es, la fracasada guerra contra las drogas que ha convertido a Estados Unidos en el país con más presos per cápita del mundo: más que China y Rusia juntas en proporción a su población. Como todas las guerras, tuvo múltiples estrategias y muchas batallas. En aquel momento, en Estados Unidos la estrategia era puramente represiva: 10,000 condenados… 12,000… tantos como fuera posible. Todo en términos de blanco y negro, de buenos y malos, sin matices. Y un campo de batalla crucial fueron las grandes ciudades: la delincuencia urbana, las pandillas y el entorno marginal del que surgían. Un entorno de negros, latinos y blancos pobres.

El entorno de Mario Flores, mexicano en Chicago.

CRÉDITOS INICIO

Pero Mario Flores no era un pandillero. Es cierto que andaba metido en algunos pequeños delitos, como el robo de coches y de autopartes. Nadie estaba libre de eso por allí; era parte de la forma de vivir. Pero no iba con las pandillas y la violencia que arrasaban Chicago dejando muertos por todas partes. En realidad, Mario, a sus 19 años cuando lo detuvieron definitivamente, era campeón de clavados: un deportista que aspiraba a formar parte del grupo olímpico mexicano y para los pequeños delitos iba por libre, sin violencias. Hasta poco antes nadie consideraba a Mario una persona particularmente violenta.

Poco después Mario estaba en el corredor de la muerte, condenado por asesinar a otro chico al que ni siquiera conocía. Un asesinato sin testigos ni pruebas que ocurrió a primera hora del 1 de enero de 1984, mientras Mario celebraba el Año Nuevo con su familia y amigos a kilómetros de distancia. Un asesinato que lo convirtió en uno de esos tantos como fuera posible.

Esta es una historia de injusticia, de policías corruptos y serviles, de fiscales mezquinos, de jueces colaboracionistas con el régimen político de turno, de amigos traidores… y de resistencia, de resiliencia, de superación. La historia de un hombre aplastado por un sistema criminal devorador, resistiendo hasta que logró ponerse finalmente en pie. La historia de un ser humano como tú y como yo o como tu padre, tu hermana o tu hijo. Otros muchos no tuvieron tanta fuerza o tanta suerte y el sistema criminal los destruyó.

Yo conocí a Mario porque quería producir una serie de true crime. [Es que] Me encanta el género y el storytelling que permite. Conforme me metí en su historia, me fui indignando, tanto que hice algo que quizá normalmente no se deba hacer: involucrarme. Pero, como vas a oír, esta injusticia es tan monumental que resulta imposible no involucrarse, así que, si transgredo las reglas del periodismo, es porque… ¡qué más da! El caso lo merece.

Aparte en el camino me encontré con que no sólo me ocurre a mí….

AUDIO: Luchador, una persona que no se rinde, trabajador, justo, felicidad, inquieto, mentalidad abierta, una persona llena de positividad, valiente, solidario, inspirador…

Yo sé que normalmente nos gustaría enseñar a las niñas, a los niños que en este mundo hay un orden y una justicia elementales. Que, con todos los problemas, errores e imperfecciones que quieras, a quien se porta bien le acaba yendo bien y a quien se porta mal le acaba yendo mal. Que, si no haces nada malo, no tienes nada que temer. Pero a partir de cierta edad ellos mismos van a empezar a preguntar por la muerte, el mal, los abusos, la violencia, las injusticias.

MARIO

Para poder comprobar mi inocencia necesitaba yo presentar a un posible culpable. Y por eso durante esos 20 años estuve buscando un posible culpable. La verdad [es] que no lo sé, pero tengo a varios individuos que yo creo que son los más sospechosos de haber cometido estos dos delitos.

Jamás en mi vida había escuchado que un hombre se llamara, se apodara Blue Eyes.

Yo vivía en el barrio de estas pandillas, pero me dedicaba exclusivamente a mi escuela, al deporte: fútbol [y] clavado[s.] Eso es mucho tiempo, dedicación… Nunca tuve tiempo extra para andar en las actividades de las pandillas. Con ninguna pandilla.

 

Yo estaba en lo mío, no tenía tiempo para andar con las pandillas. Yo estaba entrenando clavados, fútbol, terminando la preparatoria, empujándome para mi carrera universitaria… era para llegar a los Juegos Olímpicos en julio del ’84. Esa era mi meta de vida.

 

Los conocía, convivía con ellos en las fiestas, pero hasta ahí.

La noche [en] que mataron a Blue Eyes fue el 1º de enero de 1984, aproximadamente de dos a dos y media de la madrugada.

 Yo estaba en mi casa con mis padres, mis tres hermanas y una familia ajena a mí. Yo no la conocía; era la familia de una amiga de mi hermana, compañera de la Universidad de Illinois, en Chicago. Y se llama esa familia: Ludy era la amiga de mi hermana, su mamá de ella se llamaba Virginia y el papá, Eliseo. Son gente adulta. Y creo que trajeron a una niña que era la hija de una… otra hija de la familia Villarreal; se apellidan Villareal.

Esa noche —y lo podemos comprobar en los registros meteorológicos— era una de las noches más frías de la historia de Chicago. Hacía tanto frío [que] sales y se te congelan las cejas, sales y si quieres orinar se te congela la orina… y por esa razón nadie sale: las calles en Chicago están vacías.

Esa noche la familia Villarreal, aunque se quería ir como a la una y media a su casa no podía porque había una tormenta de nieve. Tenían que esperar a que dejara de nevar. Si no, ¿cómo iban a subirse a su coche y transitar por las calles? (del 12’54:)

 No pude haber matado yo a Blue Eyes ni, aunque hubiera querido, por la sencilla razón de que yo estaba en mi casa cenando y celebrando el Año Nuevo de 1984 en el momento [en] que ocurrió el asesinato de Blue Eyes.

Mi abogado, Michael Johnson, no los llamó a declarar… porque según mi abogado, Michael Johnson, decía que yo no tenía la obligación de comprobar mi inocencia; que la fiscalía tenía la obligación de demostrar que yo era culpable más allá de cualquier duda razonable. él sentía que no había evidencia física vinculándome a este homicidio y, por ende, no había manera [de] que la fiscalía iba a poder comprobarme culpable de este homicidio.

MARIO

Deja que te platique un poquito de este abogado: era un joven recién egresado de la facultad de Derecho y no tenía mucha experiencia. Y… no por defenderlo, pero ese fue su grave error: se vio, rebasado por un caso donde él tenía a su cliente a punto de ser ejecutado. Eso, a veces, paraliza tu sentido común.

Y bueno, mi abogado Michael Johnson dijo que no era necesario llamar a estos testigos de coartada. Que era, para él, un caso muy fácil de ganar. Que no tenía la fiscalía pruebas físicas en mi contra y que íbamos a ganar sin necesidad de presentar un solo testigo a mi favor.

A mí, normalmente, no me gustan las historias de buenos y malos. Casi siempre son manipuladoras, maniqueas y falsas. Sin embargo, hay excepciones. Por ejemplo, cuando un tipo mata a un niño claramente hay un bueno y un malo, o al menos un inocente y un culpable. A lo mejor el niño era un poco insoportable, travieso, y el tipo tenía el peor día de su vida. Pero no hay comparación: es obvio que tenemos a un inocente y un culpable. Un bueno y un malo. O malos.

Mario Flores era ese niño travieso. Lo de niño no es literal por poco: cuando empezaron los hechos, en Año Nuevo de 1984, tenía 18 años y 5 meses. Nació en la CDMX, pero se crió en los barrios pandilleros del Chicago de los ‘80s desde los 7 años de edad. Un mocoso travieso y movido —ahora lo llamaríamos hiperactivo— que alguna vez se peleaba con otros niños en la primaria. Todavía en México demostró mucha afición por los coches… incluyendo los ajenos: su primera travesura gorda, antes de cumplir los 7 años, fue intentar quitar un coche estacionado frente al portón de su casa: en la calle Florines #58, Ciudad de México. Casi se le parte el alma al huir cuando apareció el dueño. Aunque escapó, por poco, fue la gota que colmó el vaso: su familia decidió que no podía con él y empacaron para alcanzar a su papá en Chicago.

Esta afición lo acompañó a Estados Unidos. No, Mario Flores no era un santo. Para santos, el Santoral. Pero nunca pasó de ahí robo de coches, autopartes, poco más. Delitos ya no menores, sino mínimos en unos barrios con las pandillas en guerra abierta que batían récords históricos de crímenes salvajes.

Mario nunca fue un pandillero. Conocía a las pandillas porque hacía algo que justamente un pandillero no puede hacer: tratar con todo el mundo. Los pandilleros de aquel Chicago sólo podían tratar con el enemigo a golpes, tiros y cuchilladas. Asi lo declararon varios testigos que lo conocían bien. Además, Mario era popular por sus éxitos deportivos, la gente lo admiraba y muchos se llevaban bien con él. Por cercanía, se veía más con gente ligada a los Latin Brothers.

Esas amistades bastaron para que el Departamento de Policía de Chicago considerara a Mario afiliado con los Latin Brothers. Recuerda esta expresión: “afiliado con.” Es una de esas frases que no significan nada, pero gustan tanto a los gringos. En este caso, a los notorios policías de Chicago, cuyos abusos, brutalidad, violencia y profesionalidad hacen parecer nórdica a nuestra policía mexicana. Tanto es así, que en 2015 el Departamento de Justicia de Estados Unidos se vio obligado a crearles una comisión investigadora que en 2016 validó las décadas de quejas por sus excesos.

Para la policía de Chicago, todos los jóvenes de “esos barrios” —sobre todo negros y latinos— estaban “afiliados con” una pandilla tan solo salieran a la calle y trataran con la gente de su entorno. Un hermano, unos amigos, unos conocidos sobraban para afiliarte a una pandilla en sus archivos. Y eso era como un mar para pescar cabezas de turco. A la hora de resolver crímenes difíciles, siempre podían acudir a tan inmenso cajón.

Después de que alguien asesinara a escopetazos a Gilbert Pérez “Ojos Azules” en la madrugada de Año Nuevo de 1984, la policía no tenía pistas. Así pues, acudieron al cajón y les salió un tal Mario Flores Urbán, de 19 años. Vivía cerca, tenía un historial de pequeños robos en la adolescencia y era conocido por sus éxitos deportivos: perfecto para una condena ejemplar.

MARIO

La noche del 10 de noviembre —era un viernes— fui a un antro, a una fiesta —una “guerra de DJs”, de competencia de DJs— [a la que] me invitó un amigo mío de infancia: Víctor Flores (que, a pesar de que tenemos el mismo apellido, no éramos hermanos ni primos…)

Pero, regresando de esa fiesta, —veníamos en el coche de mi hermana mayor, un Buick Regal color guinda, o ron—, mientras iba a estacionar el coche —de reversa a la cochera— escuché cómo varios coches venían a toda velocidad por el callejón, y enfrenaron con los frenos, las llantas chillaron… Yo, inmediatamente, como me bajé para abrir el coche con la llave —se abría la puerta manualmente— pues estaba de espaldas. Cuando escuché el chillido de las llantas, [al frenar], yo inmediatamente, pensé que eran pandilleros; y cuando volteo, tengo a un hombre con “pelo chino”, musculoso, con una .44 Magnum recortada… revólver en mi boca. Ese policía se va a conocer como Reynaldo Guevara […]

Ese policía se va a conocer como Reynaldo Guevara; me agarra de las greñas, mete su pistola en mi boca y me dice: “Ni te menees.”

Entonces, estoy atorado, no sabía en ese momento que eran policías porque [iban] vestidos todos como civiles. Pero, como son señores, ya sé que no son pandilleros. Y como no me disparó, ya sé que no son pandilleros. Y fue en ese momento ya [cuando] saca las esposas y me esposa las manos, ya sé que estoy con un grupo de detectives encubiertos. Y agarran a Víctor, que iba en el asiento del pasajero, lo jalan de las greñas y lo azotan contra el cofre; lo esposan curiosamente los detectives, en menos de 30 segundos sacaron los asientos del coche, del Regal. Abrieron el cofre, sacaron la batería del coche…

Estoy yo esposado, anonadado, “¿qué está pasando?”; Nos meten a una patrulla —a mí en una patrulla, a Víctor en otra—… y no eran patrullas, miento: eran coches civiles. Y ya nos transportan a la estación de policía que era una reciente, hecha ya… una estación de policía que se llama Área 5: el centro de crímenes o delitos violentos; luego te platicaré más de ese centro.

Permitan que les presente aquí al primer malo de esta película. No es el malo más malo de todos: tan solo un perro de presa, un sicario policial al servicio de sus amos, útil por su origen hispano y hablar español. Es el detective Reynaldo Guevara, que ahora mismo se defiende como puede en los tribunales por cometer más de cincuenta abusos similares al de Mario. Gente poderosa sigue intentando encubrirlo; hay muchas carreras y mucho dinero en juego. Hasta el momento, su única defensa tangible ha sido acogerse una y otra vez a la 5ª Enmienda de la Constitución Estadounidense: el derecho a no declarar contra sí mismo. Sí, eso es todo lo que tiene que decir a su favor: callar. Pero eso es justo lo que no haremos en este podcast. Hablaremos. Y hablaremos a fondo de este personaje en un episodio posterior.

El jefe de Reynaldo Guevara de aquellos tiempos en la comisaría de Humboldt Park era el sargento Joe Miedzianowski; fue condenado a cadena perpetua en 2001 por tráfico de drogas. No es el único. Por mucho. Estamos hablando de mafias de policías corruptos y violentos, muy peligrosos, en connivencia con unos fiscales, jueces y políticos de los que ya hablaremos. Por no mencionar a los abogados. Unas joyitas todos, créanme por el momento.

Mario vivía cerca de la comisaría de Humboldt Park. El sicario-detective Reynaldo Guevara se encargó de su caso, supervisado por el sargento narcotraficante Joe Miedzianowski. Su caso, en origen, fue un asesinato: durante esa madrugada del 1 de enero de 1984, alguien mató al puertorriqueño Gilbert Pérez, de 21 años. Lo apodaban Blue Eyes, o sea Ojos Azules, por motivos obvios: en una zona latina como esa, llamaban la atención.

Un trabajador que iba a descongelar las tuberías de una iglesia lo encontró reventado a escopetazos en el callejón St. Paul, a las siete menos diez de la mañana. Atención a esto de la descongelación; es relevante: esa fue una noche fría. El registro meteorológico histórico del aeropuerto de Chicago-O’Hare dice que llegó a siete grados bajo cero, con nieve. Aunque fuera Año Nuevo, el tiempo no invitaba a salir. Más importante todavía: cuando el primer policía acudió al lugar del crimen, poco después de las siete, notó que algunas partes del cadáver de Gilbert Pérez continuaban tibias.

Cinco horas antes, sobre las dos de la madrugada, el difunto manejaba su Pontiac Catalina por un lugar próximo: el cruce de las avenidas North y Western. Iba borracho; bastante borracho, y a gran velocidad. En el cruce chocó con otro auto ocupado por tres personas, de las que ya les contaré más. Por ahora basta con saber tres cosas. Una, que ninguna de estas tres personas conocía de nada a Mario o a Gilbert ni tenían ningún motivo en especial para protegerlos o incriminarlos. Dos, que no hubo heridos pese a que los coches quedaron destrozados. Y la tercera, clave: estos tres ocupantes del otro auto afirmaron y afirman que al principio Gilbert se mostró hostil, pero luego acabó calmándose y marchándose solo a pie.

Repito: los tres testigos más presenciales y limpios, sin ninguna razón para proteger a Mario, aseguran que el asesinado Ojos Azules abandonó el lugar del accidente él solito, caminando, todavía borracho. Las tres personas niegan que se acercara ningún otro vehículo a llevárselo. En palabras de una de ellas, Conrado García, el dueño del coche que embistió Ojos Azules:

—¿Qué hizo el Sr. Pérez a continuación?  […]

—Se fue.  […to be seen?]

—¿Y vio usted a otros presentes, a otros vehículos [entrap?] al Sr. Pérez?

—No.

Esto mismo repitieron a los detectives privados que fueron a entrevistarlos más tarde. Sin embargo, a la policía y la fiscalía les dio igual. ¿Saben qué contaron la policía y la fiscalía?

No lo van a creer, pero su historia coló, y acabó con Mario en el corredor de la muerte durante los siguientes 20 años. Contaron que Mario y otros dos individuos “afiliados con” —los Latin Brothers acudieron al lugar del accidente en sendos coches: un Buick Regal color vino con placas AA-9559 propiedad de la hermana de Mario y otro, azul, de otro fulano llamado Harry Gomez. Contaron que Mario y los otros dos consideraban a Gilbert Pérez Ojos Azules miembro de una pandilla enemiga, así que se lo llevaron en el Buick color vino con engaños para matarlo. Y contaron que efectivamente Mario lo asesinó poco después en el cercano callejón St. Paul con cinco tiros de una escopeta recortada… o dos. Después le robaron unas cadenas de oro que llevaba, convirtiendo al asesinato en atraco con asesinato, algo más grave todavía.

Todo esto, se ve que por pura casualidad o porque Mario y sus dos cómplices se enteraron mágicamente de que ahí estaba varado Gilbert Pérez, supuesto miembro de una banda rival.

¿Pero cómo pudo colar semejante idiotez, si los testigos más presenciales y limpios dicen y juran que ellos no vieron ni a Mario, ni a los otros dos, ni a ninguno de esos coches, y que Gilbert se fue solo a pie?

Por tres razones. Una, que una delincuente habitual residente en esa esquina, una tal Nancy Lebrón con muchas cosas que pactar con policías y fiscales, contó once meses después, en noviembre de 1984 que vio eso. Una testigo a modo. La segunda, que uno de los otros dos acusados acabó aceptando el cuento y traicionando a Mario para salvar su propio culo del corredor de la muerte; un plea bargain, esa peculiar institución  gringa, esencialmente lo mismo que hacía la Inquisición: aterrorizarte a muerte para que valides sus cuentos, aunque sea que volaste en escoba con una bruja o que eras judío aunque fueras católico de misa dominical, declarándote culpable de lo que manden a cambio de una sentencia menor o salir sin roces.

Y la tercera razón por la que el cuento coló, fundamental, es que nadie llamó a declarar a los tres testigos, principales, limpios. Nadie. Ni fiscales, ni jueces, ni abogados. Ni siquiera hablaron con ellos.

Bueno: pues ni los sucesivos abogados de Mario, ni la policía, ni la fiscalía, ni los jueces, ni ninguno de todos esos adultos tan serios y sabios, algunos considerados entre los mejores de su profesión…  ninguno de todos ellos, hicieron algo que se le ocurre a cualquier chavito o chavita sin más pelo que el de la cabeza en cuanto le da dos vueltas al asunto.

No, yo tampoco me lo creía. Lo tuve que cotejar varias veces, checarlo en tres fuentes independientes y leer personalmente la declaración jurada ante notario de esos tres testigos antes de creérmelo. No sé a ti, pero a mí, llegado este punto, todo el asunto me comenzó a apestar y no exactamente a rosas ni a jazmín.

¿Pero por qué iban a por Mario? OK, la policía de Chicago no es la única del mundo que busca cabezas de turco cuando les cuesta resolver un caso. Sin embargo, con él sacaron toda la artillería. Aplicaron todos los trucos sucios del manual. Evidentemente les gustaba su cabeza. ¿Qué trucos fueron esos? ¿Quién era, quién es el mexicano Mario Flores Urbán? [Lo descubriremos en el próximo episodio.]